viernes, 28 de abril de 2023

Discurso completo de Martín Kohan: “La Feria puede ser un caballo de Troya”

El escritor destacó la importancia de los lectores, no eludió la cuestión del dinero e hizo reír en la apertura de este evento marca la agenda cultural del país.

Crédito: Página 12


“De la Feria del Libro podría decirse, tal vez, lo que planteó alguna vez Walter Benjamin a propósito de las ciudades: que para conocerlas de verdad es preciso haber entrado en ellas y haber salido de ellas por los cuatro puntos cardinales. ¿Qué es lo que eso supone acerca de esta especie de ciudadela implantada transitoriamente (pero también regularmente) en un lugar impropio? Supone entrar y salir, haber entrado y haber salido, por la Avenida Sarmiento (la que siento como entrada oficial), por la calle Cerviño (la que siento, aunque elegante, como puerta de atrás o entrada de servicio), por la calle Juncal (entrada especial, discreta o secreta, la del pase y contraseña, la del sigilo), por Plaza Italia (la más urbana, la bulliciosa, la que usan los que vienen en colectivo, la que usan los que emergen del subte). Hay que agregar otra alternativa de acceso, el acceso desde abajo, desde el estacionamiento, previa sensación de apretura que no tarda en resolverse en altura y amplitud.

Benjaminiano por vocación, ensayé las cuatro variantes (y en verdad, ensayé las cinco). De todas, la que prefiero es la que menos he practicado (uno a veces hace lo que suele, a despecho de lo que prefiere): la de Plaza Italia (ni la del consulado, ni la del zoológico, ni la del aviso previo, ni la del garaje del subsuelo). La prefiero porque es la que queda más expuesta al ajetreo y el ruido y el ir y venir de la mucha gente, es la que entabla una relación más directa entre la Feria (aunque desde ahí hay un trecho más largo para llegar a lo que llamaríamos la Feria propiamente dicha) y el movimiento habitualmente urgido de la ciudad de Buenos Aires.

Llegando por ese lado, además, por el lado de Santa Fe entre Puente Pacífico y Garibaldi, es probable que nos detengamos en los puestos de venta de libros usados (esas ferias sin mayúscula que frecuentamos en Plaza Italia, Parque Centenario o Parque Rivadavia, y que son a la Feria con mayúscula lo que las ferias municipales callejeras son al Mercado Central). Es interesante lo que sucede si se hace de esos módicos puestos una especie de preámbulo de la Feria del Libro a la que nos dirigimos; porque al contrastarse, como se contrastan de hecho, lo resonante y lo atemperado, lo rutilante y la media luz, se advierte tangiblemente la coexistencia de temporalidades distintas para los libros y su circulación.

Estos libros, si son nuevos, lo son de manera irregular; en general, están ajados, puede que maltrechos; no exudan el divino olor a nuevo del papel por estrenar, sino otro que procura desalentar el husmeo de las ratas (ratas no de biblioteca); las luces embriagadoras del lanzamiento ya no los enfocan, más que lanzados, están caídos, caídos en el olvido o caídos en desuso (raro desuso: el del usado). Y es que la vida de los libros no está hecha solamente de aparición y presentación y novedad y acontecimiento; está hecha también (o está hecha sobre todo) de olvidos y rescates, de vueltas atrás y de relecturas, de murmullos laterales, de búsquedas a destiempo y hallazgos de lo que no se buscaba. No lo pienso como oposición a la Feria, sino a manera de umbral más que propicio; otra manera de entrar a la Feria, o de salir llegado el caso. Ese punto cardinal, entre los cuatro posibles.

La Feria del Libro ocurre, como digo, en un lugar impropio (porque el propio, ¿cuál sería?), suple bostas y silbidos por libros y mesas redondas; implanta nombres (nombres de salas) con un efecto rechinante que a mí personalmente me encanta. Es cierto que lo hace de manera transitoria, no menos cierto es que lo hace de manera regular: dura un tiempo y luego cesa, pero ese tiempo luego retorna. Me interesa pensar este lugar desde sus puntos de acceso y egreso porque me interesa pensarlo en relación con su entorno, y más aún, me interesa pensarlo en relación con su afuera. El afuera en el espacio y también, por qué no, el afuera en el tiempo.

Porque la Feria del Libro es, año a año, siempre un acontecimiento, siempre un suceso (en el sentido de “Sucesos argentinos”). Es un logro, no lo dudo, pero a ese logro cabe interrogarlo: ¿qué clase de relación se establece entre el recorrido ritual y masivo de los stands dispuestos en una ficción de calles y avenidas, centros y periferias, barrios o pabellones (azul, amarillo, verde, rojo) y el recorrido habitual por las librerías dispuestas allá afuera, en calles y avenidas reales? ¿Qué relación se establece entre la concurrencia a menudo nutrida a las conferencias o presentaciones o mesas redondas de la Feria y el resto de las conferencias o presentaciones o mesas redondas que ocurren acá o allá en distintos momentos?

A Hebe Uhart le debemos algunas observaciones memorables, del tipo: “Yo soy escritora solamente cuando escribo” o “No se nace escritor: se nace bebé”

Dicho de otro modo: ¿qué relación se establece entre el acontecimiento del año y el resto del año? Porque entiendo que lo deseable es que funcione ante todo como foco de irradiación, con una cierta onda expansiva; pienso por caso en las visitas escolares a la Feria, esa práctica llamada excursión pero que se resuelve más bien como incursión, ese ejercicio prometedor de deambular entre libros, interesarse o desinteresarse, distraerse o embolarse hasta que tal vez, de repente, algo llama la atención (o incluso marcharse sin que eso haya ocurrido, lo que es parte del asunto, ¿o acaso la vida no está hecha así: de encuentros y desencuentros?).

Pienso por caso en el fervor de asistencia de quienes acuden a escuchar un debate (si es que se da) sobre un determinado asunto o una exposición sobre un determinado tema -le hago aquí un lugar a un lejano recuerdo propio: fue en la Feria, allá en el Centro Municipal de Exposiciones, entre la Facultad de Derecho y el Italpark, vale decir: entre la ley y la diversión, donde escuché a Jorge Luis Borges hablando sobre Macedonio Fernández. ¿Se encapsula todo este entusiasmo libresco en ese tiempo de excepción de las tres semanas de Feria (una especie de feria judicial, pero a la inversa: no el lapso en el que se suspende todo, sino el lapso en el que todo se activa)? ¿Se cumple por así decir con la cuota anual de pasión (pasión en cuotas) para despedirse, al cabo del período establecido, hasta el año que viene, hasta el acontecimiento del año del año que viene? ¿O se hace hábito y se forman hábitos, en el sentido de Pierre Bourdieu, claro, pero también en el sentido en que la palabra designa una indumentaria y una constancia a las que no se deja sino colgándolas? (Me pregunto si cabe plantearse la misma cuestión a propósito del Festival Argerich, por ejemplo, o de cualquier otro acontecimiento cultural de esta índole)

La Feria del Libro es un fenómeno notable de concentración e intensificación, en un tiempo de vértigo y en un lugar transformado, de elementos que, con más discreción, incluso a veces asordinados, se encuentran en distintas partes a lo largo del año entero: sale un libro, está en librerías, en la vidriera o en la mesa de novedades o corridito un poco al margen; se hace una presentación: habla uno, habla otro, se aplaude, se ofrece un vino; se suceden las mesas redondas, las charlas, las entrevistas públicas, las lecturas en voz alta, los debates eventualmente álgidos. El gran mérito de la Feria del Libro no radica en la sustitución o en la excepción (al contrario, de ser así, fracasaría), sino en su eventual poder de realce y amplificación. La apuesta es que el realce habilite a ver lo realzado cuando ya no está realzado, a escuchar lo amplificado cuando ya no está amplificado. Si el acontecimiento del año durase todo el año, ya no sería un acontecimiento (y no habría forma de soportarlo: ¿doce meses de acontecimiento? No hay cuerpo que aguante).

Si el acontecimiento del año durase todo el año, ya no sería un acontecimiento (y no habría forma de soportarlo: ¿doce meses de acontecimiento? No hay cuerpo que aguante).

Lo interesante es ver de qué manera estos días tan de fulgor y frenesí del evento extraordinario traspasan a los días ordinarios, los días de tonalidad media, los días de ritmo común. Hay cosas que no se derraman (por ejemplo, la riqueza, pues los ricos nunca se sacian), pero hay cosas que en cambio sí, por ejemplo la frecuentación de los libros, la costumbre de leer, el gusto por la conversación literaria. Un indicio significativo al respecto son las jornadas destinadas en la Feria, justo antes de la apertura de puertas a las multitudes argentinas, a la selección y provisión de materiales para las bibliotecas populares de todo el país. La red de bibliotecas populares, concebida por Domingo Sarmiento, persiste a pesar de todo (ese todo incluye la desconsideración de algún gobierno reciente) y representa de por sí la intención de sostener una política concreta de acceso general a los libros, promover su asiduidad, procurar además un espacio destinado a la lectura (porque la teoría del cuarto propio puede admitir algunas extensiones, y dar con algún sitio tranquilo donde ponerse a leer no es un asunto menor. No habrá lector que lo ignore: siempre hay alguien que aparece, nos interrumpe, nos habla).

No se trata, de todas formas, en ningún caso, de moralizar ese gusto específico, el de la lectura, ni de seguir acumulando al respecto arengas o sermones entre edificantes y admonitorios; se trata apenas de estimular, tan ampliamente como se pueda, esto que en la Feria sencillamente sucede: rondar entre libros, entrar en contacto con ellos (incluso con esos que, por virtuales, le otorgan a la palabra contacto un sentido diferente), sin solemnidad, sin imperativos, sin aspavientos.

La Feria del Libro se colma entonces, cada vez, de autores, de editores, de traductores, de promotores, de difusores; se colma de visitantes o de paseantes, de compradores y de vendedores. Pero todas esas figuras, reunidas y combinadas, distribuidas y en entrevero, no hacen sino convocar otra figura, la que da sentido a todo: la figura del lector (pero quitemos la palabra figura y digamos directamente: el lector). ¿Y no fue acaso con un lector (con su figura, con su triste figura), que se fundó la novela moderna: con el Quijote enfrascándose en las novelas de caballería?

Y sin embargo, cada vez más, haciendo a un lado a Roland Barthes o pasándolo olímpicamente por alto, desleyendo acaso a conciencia su rotunda reivindicación del lector y la lectura, las ferias del libro y los festivales de literatura de todas partes tienden a constituirse ante todo como espacios consagrados a la presentación estelar de los Escritores (escribí la palabra con mayúscula), pasarelas para que desfilen, pedestales para que se yergan, escenas montadas para su figuración personal (la trampa de la noción de figura: el afán de figuración).

Aclaro, por si hace falta: uno también admira a escritores, y no fue sino en la Feria del Libro donde obtuve algunos autógrafos que por cierto atesoro. No es a eso, por lo tanto, a lo que me refiero, ni está en mí desestimarlo. En lo que pienso es en la tendencia de época a centrarse fuertemente en la escritura, en la escritura y en el Ser Escritor (lo puse con mayúscula), haciendo de la lectura apenas un insumo necesario a tal efecto, y eso incluso en el mejor de los casos, porque en otros casos se la considera eventualmente prescindible. ¿No pasa acaso con los lectores que son solamente lectores, que les preguntan: “Pero vos, ¿no escribís?”, como si fuesen seres menguados, seres truncos, incompletos, como si les faltara algo, como si ocuparan un estadio inferior en la escala en progreso de la evolución literaria?

Por algo ha sido en este tiempo que Ricardo Piglia escribió ese ensayo genial que es El último lector, porque es viable pensar que haya uno que podría ser efectivamente el último. Y por algo ha sido en este tiempo que César Aira escribió esa novela genial que es Varamo, la utopía de escribir una obra maestra cabal sin antes haber leído absolutamente nada (he citado a Piglia, sí, y he dicho genial, y de inmediato he citado a Aira, sí, y he dicho genial de nuevo; no es que no me gusten las grietas, pueden llegar a fascinarme, pero cuando no son entre explotadores y explotados a mi criterio pierden un poco la gracia).

La lectura tiene prestigio y recibe habitualmente panegíricos frondosos; pese a eso, o por eso mismo, parece mejor no confiarse y detenerse a examinar, más allá de lo que se declama, su relativa devaluación respecto de la escritura (y tanto más, del Ser Escritor). Por supuesto que el lector discontinuo ya existía, ¿o acaso no se ocupó Macedonio Fernández de eso en Museo de la Novela de la Eterna? Y por supuesto que la distracción del lector ya existía, ¿o acaso no se ocupó Witold Gombrowicz de eso en Ferdydurke? Y hasta pudo llegar a especularse con un cierto potencial crítico de la recepción en dispersión, ¿o acaso no es lo que propuso Walter Benjamin, si bien a propósito del cine, en La obra de arte en la era de su reproductibilidad tecnológica?

Pero estamos, según creo, en un punto algo distinto; acaso una proyección hasta el paroxismo del pispeo o la diagonal lectora o la repetición meramente de oídas, por la cual las palabras se invocan, se comentan o se defenestran, no ya fuera de contexto, sino ahora fuera del texto: sin leer ni tener idea del texto que compusieron o componen (quién sabe si no habrá de pasar eso mismo con esto que estoy diciendo, si es que no está pasando ya).

El no-lector encubierto, el que se pronuncia categóricamente sobre algo que en verdad no leyó, existe de larga data, existe desde que la lectura existe; lo que parece haberse modificado es que ya no precisa encubrirse. La lectura, elogiadísima en abstracto, se desestima en lo concreto. No es la literatura, un ámbito relativamente acotado, la que, según creo, se perjudica en mayor medida, sino más bien la discusión política, que hoy transcurre casi enteramente sobre la base de desconocer o distorsionar (o desconocer para poder distorsionar) lo que en verdad el otro dijo, o triturarlo hasta la frase suelta y quedarse meramente con eso.

La provisión de autores para la literatura contemporánea está cubierta, y hasta podría decirse que con creces; tan sólo porque se trata de un territorio vasto, muy vasto, vastísimo, no hay riesgo de sobrepoblación. El asunto, claro, son los lectores, y los lectores para esa cantidad de autores, ahí donde el deseo de la escritura se afirma como deseo de lectura, como deseo de ser leído, y no tan sólo de verse impreso, del nombre en la tapa, de la foto en la solapa, del vino en la presentación, del ejemplar en la vidriera.

Los lectores, la lectura: es ese el punto nodal de cualquier feria del libro, aun cuando en la Feria misma es difícil encontrar un lugar propicio para sentarse y ponerse a leer un rato (yo tengo uno pero, por razones de estrategia, de conveniencia, en fin, por egoísmo, me abstendré de revelarlo). Habría que concebir un deseo de llegar a ser lector, así como suele formularse el deseo de llegar a ser escritor. No basta con hacer que la letra entre (ni que sea con sangre, según se estila decir).

Además de las letras (lo digo yo, que estudié Letras), hay otros aprendizajes, que ustedes seguramente conocen, en el proceso de formación de un lector: aprender a concentrarse, a abstraerse del entorno, aprender a desconectarse (para poder conectarse con otra cosa), aprender, en fin, a estar solo. Es ese ejercicio soberano de corte y abstracción del entorno que describió a la perfección Alan Pauls en Trance (en una colección de autorretratos de lectores editada por Ampersand). Es eso que David Markson condensó tan exactamente en un título: La soledad del lector. Es La aventura de un lector que narró hilarantemente Ítalo Calvino, lo difícil que puede llegar a ser conciliar la lectura y la vida, porque a su héroe le encanta esa mujer que acaba de conquistar en la playa, pero no por eso se resigna a abandonar el libro que estaba leyendo entretanto.

Leer, vivir, en fin, un tópico: vivir lo leído (el Quijote), leer lo no vivido (Emma Bovary), elegir entre una cosa o la otra (Juan Dahlmann) o por qué no, nuestra utopía: vivir leyendo. El mundo (lo digo así, en forma genérica) siempre ha sido lo que esencialmente es: una especie de conspiración general, y apenas solapada, destinada a no dejarnos leer. A menudo son los mismos que fungieron de predicadores de la lectura (padres, madres, profesores, preceptores) los que luego, cuando leemos, vienen ¡y nos hablan!

El mundo como tal ya estaba configurado así: como una máquina de interrumpir. Pero probablemente nunca ha sido tan difícil como ahora conformar esa zona liberada (liberada para uno mismo) y ese tiempo liberado que el ejercicio de la lectura requiere; nunca ha sido tan difícil como ahora desconectarse (porque estamos, en sentido estricto, conectados siempre) para poder ponerse a leer. El lector salteado de Macedonio pega saltos actualmente en un mundo más salteado incluso que él; la mosca que distraía al lector en el texto de Gombrowicz son ahora millones de moscas (y decididamente, sí: millones de moscas pueden estar equivocadas, son gregarias y son tercas, se equivoca una y se equivocan todas). El arte de estar en otra cosa, que es la base del arte de la lectura, se vuelve ciertamente difícil, se vuelve casi imposible, cuando todo en realidad es otra cosa, cuando no parece existir esa cosa que nos permitiría estar en otra. Ya casi nada puede hacerse largamente y de corrido: ni conversar, ni mirar una película, ni ver un partido de fútbol, ni escuchar algún concierto, ni no hacer nada.

Cuando todo el mundo se vuelve un aparte, se complica el mundo aparte. Que es el mundo en el que leemos. De manera que cabría reformular el lema histórico de la Feria del Libro, o en todo caso ampliarlo o completarlo, y ahí donde rezaba: “Del autor al lector”, añadir casi a manera de comentario: “Y del lector al autor”. De manera que este factor, el de la reciprocidad, el que troca en ida y vuelta la impronta unidireccional, pueda modificar en principio la disposición imaginaria de ciertas típicas escenas de feria, como las charlas o las presentaciones o la firma de libros. Antes que escenas de exposición de autores para la contemplación en contrapicado por parte de los lectores, configurarlas más bien como lo que en definitiva son: espacios posibles de intercambio y de diálogo.

Del lector al autor, entonces: qué es lo que los lectores, cuando en efecto lo son, tienen para decirles a los autores (no hablo de ese clásico del chasco de eventos culturales, el del conferencista anónimo que se camufla en el público e impone una falsa pregunta de cuarenta minutos de duración; hablo del lector, hablo de los lectores). Del lector al autor y del autor como lector (el que, siendo autor, habla en tanto que lector), ese punto de convergencia o termofusión que tiene su manifestación consumada en los críticos literarios, esto es, en esos lectores que escriben sus lecturas (ni sus historias ni sus versos ni sus recuerdos ni sus vidas, sino sus lecturas). Vuelvo en las palabras, ya que no puedo volver en los hechos, a aquella conferencia de Borges en la vieja Feria del Libro. Que no fue sobre el propio Borges, en el estilo autorreferencial hoy en boga, sino sobre Macedonio Fernández, es decir, sobre otro y no sobre sí, sobre otro y no sobre Yo.

Está claro que Borges maniobró con total sagacidad en su caracterización general sobre Macedonio, incluyendo el repertorio de anécdotas personales, para hacerle un lugar a su propia literatura. Pero no dejaba, en cualquier caso, de proceder en esto como un lector, ya que fue ante todo como lector que forjó su lugar de escritor, así como procuró que la escritura misma se entendiera ante todo desde la lectura (escribir desde lo leído, la escritura como reescritura de lo escrito antes por otros, esa especie de credo borgeano que tan bien captó, entre muchos otros, Pablo Katchadjián). ¿Y no fue acaso ese movimiento prodigioso, ese juego entre autor y lector, el que concibió al concebir a Pierre Menard? ¿Y no fue acaso creando otro lector, un lector que antes de él no existía, como creó otra literatura, una que antes de él no existía?

Hay un texto desopilante (y a la vez un tanto desolador) de Hebe Uhart, sobre un congreso de escritores (Congreso, incluido en Del cielo a casa), en el que se suceden los tropiezos, los malentendidos, los pasos en falso, hay de todo menos glamour. Me gustan las sátiras así, esas en las que quien satiriza se incluye en lo satirizado, a diferencia de esas otras en las que se pone o se cree a salvo (pienso en Congreso de Hebe Uhart y pienso en Ejem de Sara Gallardo, donde se divierte con el falso estrellato de haber sido tapa de revista, o pienso en las novelas de Juan José Becerra: Toda la verdad y El artista más grande del mundo, en su visión antiaurática de la literatura). A Hebe Uhart le debemos algunas observaciones memorables, del tipo: “Yo soy escritora solamente cuando escribo” o “No se nace escritor: se nace bebé”; y le debemos también esa fabulosa conversión a comedia de un ritual habitualmente impostado, habitualmente destinado al destello estelar de los escritores. Al plasmarlo en clave de gag, al volverlo cosa de risa, Uhart nos libera de ese karma: el de tomarse demasiado en serio.

Y en su lugar, ¿qué pone o qué deja? En su lugar, a manera de verdad sencilla de los libros y la literatura apenas baja un poquito la espuma de las veleidades y los rencorcitos, lo que queda son los textos, los textos, las lecturas, los lectores, y los autores que, habiendo sido escritores solamente cuando escribieron, ahora no son sino lectores también, ni más ni menos que lectores.

El lema histórico de la Feria del Libro, que rigió hasta hace unos años, también puede leerse así: “Del autor al lector”, en el sentido de un pasar: pasemos del autor al lector. Escritores somos todos, por ahí no vamos muy lejos. Pongamos en juego, tanto mejor, los textos y los lectores. Esa escena, así dispuesta, es la escena de una conversación, la escena de una conversación literaria, tal vez de aquella “conversación infinita” que propuso Maurice Blanchot o tal vez de ese “boca a boca” al que apelan usualmente los editores cuando un libro que han publicado y para cuya difusión no pusieron un centavo, un libro que han publicado y cuyo autor no consiguió un amigo que le hiciera una reseña diciendo que el libro es genial, pese a todo, para su desconcierto, y según suelen decir, funciona.

La Feria, una vez dentro, resulta que es muy ruidosa también. A mí esa condición me parece adecuada

A la Feria la concibo también así, como un espacio de conversación sobre libros, un lugar donde se habla. De ahí también mi preferencia por la entrada de Plaza Italia, porque es la más ruidosa. Y porque la Feria, una vez dentro, resulta que es muy ruidosa también. A mí esa condición me parece adecuada (no dije grata, dije adecuada), a mí esa condición me parece pertinente (no dije confortable, dije pertinente). En las salas montadas ad hoc, en el encastre siempre chingado del durlock siempre poroso, pero también en las salas macizas, las espesas, y ni qué decir en los silloncitos o los taburetes dispuestos en los stands abiertos, por así decir a la intemperie: hay que hablar en medio del ruido. A mí eso siempre me ha parecido bien (bien en el sentido de adecuado, bien en el sentido de pertinente).

La Feria en medio del ruido de la ciudad, las voces en medio del ruido de la Feria. ¿O no es ésa acaso la manera en que discurre el decir literario en el espacio más bien ajeno de la sociedad, de la realidad general? Las voces del decir literario no están en primer plano, no son las que preponderan. Lo que prevalece mayormente es la frase suelta de impacto, la frase drástica que sirve de título (de una nota o una entrevista que ya no hará falta leer), la frase asertiva tuiteable, la que ahora mismo me esmero por evitar. Las voces del decir literario, incluso cuando elevan su volumen, tienden a circular como un murmullo (“No siempre lo más importante que se tiene para decir es lo que se dice en voz más alta”, dijo alguna vez Walter Benjamin, y no lo dijo en voz muy alta).

Pienso así a la literatura, incluso a la más resonante: como un murmullo, persistente y sustancial, que circula con nitidez entre el ruido del vocerío. Vivimos tiempos de vociferación (parafraseo en versión libre a Walter Benjamin: cuando no se tiene nada importante para decir, se lo dice en voz muy alta). Pienso en una escena que imaginó Ricardo Piglia en Respiración artificial, la del encuentro entre Franz Kafka y Hitler, la idea de que Kafka “supo escuchar el murmullo de la historia”, la idea de que alcanzó a cifrar en su literatura, a manera de murmullo, el relato de lo que vendría.

No me estoy refiriendo ahora a esos casos en los que, en determinadas circunstancias, y en razón de diferentes factores, puede darse que un escritor o una escritora ocupen un lugar más o menos visible en la escena pública y, una vez ahí, tomen la palabra; eso de por sí es de otro orden, toca al lugar social que puede caberles a esos escritores como figuras públicas (si lo son), como intelectuales (si lo son), como activistas de alguna causa (si lo son), como presencias en los medios (si la tienen). Pero deja de cualquier manera pendiente la pregunta por la literatura misma, que es en lo que ahora me interesa detenerme, porque me interesa pensar a las ferias como ferias de libros y de lectores más que de mostración de escritores. Incluso en un modelo clásico como el de Sartre y su famosa teoría del compromiso, para quienes prefieran tenerla como marco, cabe hacer esa distinción conceptual: si la toma de posición la asume un intelectual, en tanto que tal, interviniendo en la esfera pública, o si es toma de posición en la propia literatura, en eso que los textos mismos (a menudo, más allá de sus autores, pero nunca más allá de sus lectores) hacen y dicen.

Entrevistas, mesas redondas, conferencias (como ésta), redes, artículos de prensa, debates en la televisión: no faltan ocasiones para pronunciarse y tomar posición. Pero no quisiera escindir ahora esas voces, y la sonoridad de esas voces, del murmullo de la literatura, el de los lectores y su lectura silenciosa, el de la ulterior conversación literaria, el de las discusiones y polémicas literarias incluso. Porque hasta Borges, que es nuestro escritor mayor, ese al que, puestos a leer, no se puede dejar de leer, padeció esa partición tan lamentable: se lo llegó a conocer más por sus apariciones en los medios que por la lectura escrupulosa y detenida de sus textos. Y es que, muy a menudo, lo primero, en vez de llevar a lo segundo, lo suplía.

Como ha planteado Luis Chitarroni: “Esta especie de fundición en una especie de monumento del escritor es lo que nos impide leerlos”. Podemos entonces, claro, pararnos en una tarima, convertirla en púlpito o en barricada y pronunciarnos sobre alguna buena causa, y todo eso tiene sin duda su importancia en la esfera pública, la tiene sin duda en el espacio de la circulación social de los discursos. Pero insisto en que, como estamos en una Feria del Libro, y ésta es su inauguración, no quiero dejar de preguntarme por la relación con los propios textos literarios, con las ficciones, con las conexiones posibles entre las ficciones y la verdad histórica, entre las ficciones y las ideas políticas, por la poesía y su espesor verbal, por los ensayos y su ecuación de afirmaciones y tanteos, por las lecturas de la crítica literaria (las lecturas que hace y las lecturas que recibe, cuando las recibe).

Y podría incluso, ya que me entusiasmo, plantear enfáticamente: ¿vamos a pensar y a discutir el huevo de la serpiente del aparato represivo del Estado sin Villa de Luis Gusmán, sin Aire tan dulce de Elvira Orpheé? ¿Vamos a pensar y a discutir ese tiempo, al que genéricamente da en llamarse los años ‘70, sin la trilogía de Alan Pauls: Historia del llanto, Historia del pelo, Historia del dinero? ¿Vamos a asomarnos a lo más escabroso, lo más siniestro, lo más oscuro de ese tiempo sin Informe bajo llave de Marta Lynch, y antes, sin La penúltima versión de la Colorada Villanueva? ¿Vamos a considerar la entidad misma de los desaparecidos (porque el dictador aseguró que no, que no tenían entidad, pero nosotros reaccionamos y se la dimos) sin Los planetas de Sergio Chejfec? ¿Vamos a pensar y a discutir esa trama política sin Nadie nada nunca de Saer, sin Glosa de Saer, sin Saer?

¿Y luego, en el traspaso generacional a los hijos, sin Los topos de Félix Bruzzone, sin Hasta que mueras de Raquel Robles, sin Diario de una princesa montonera de Mariana Eva Pérez, sin La casa de los conejos de Laura Alcoba? ¿Vamos a pensar y a discutir los dispositivos de poder, su lógica y su operatividad, sin los textos de Osvaldo Lamborghini, sin los textos de Alberto Laiseca, sin El beso de la mujer araña de Puig, sin “Esa mujer” y sin Operación Masacre de Rodolfo Walsh, sin Los Pichiciegos de Fogwill, sin El amparo de Gustavo Ferreyra, sin Hotel Posadas de Jorge Consiglio, sin el Delta Panorámico de Marcelo Cohen, sin Los daños materiales de Matilde Sánchez?

Esto que propongo no es una lista, es un mapa; tiene huecos, ya lo sé, por lo pronto es meramente argentino; y hay mapas no menos considerables que aportan coordenadas distintas. Lo sugiero, como suele decirse, para abrir la conversación. Las conversaciones de por sí no tienen por qué ser plácidas, armoniosas, edulcoradas ni orientadas por un afán de consenso. Las discusiones de tono subido, acaloradas como se dice, vehementes y hasta exasperadas, son formas de la conversación también (pienso en el vozarrón de David Viñas, pero también en las modulaciones suaves de Horacio González; pienso en la firmeza de la taxatividad de Beatriz Sarlo, pero también en la apelación al filo de la ironía de Tulio Halperín Donghi). El ruido de fondo de la Feria les brinda a las conversaciones un marco adecuado, como dije, porque no es sino en medio del vocerío general que los poetas miden versos o los liberan, que los dramaturgos montan o desmontan escenas, que los ensayistas ensayan, que los narradores traman ficciones con las que van a interpelar la verdad.

Ruido: la Feria es una feria, suenan voces de compra y venta, como suenan en todas las ferias. Para las de barrio se empleaba un término acaso exacto: “mercadito”. Literatura y mercado, entonces, o literatura y mercadito, que es su escala a menudo más exacta. ¿De nuevo con eso? De nuevo, sí. O mejor dicho: todavía. Las cosas no cambian cuando nos cansamos, cuando nos aburrimos, cuando cambiamos de tema; nos cansamos, nos aburrimos, cambiamos de tema, y las cosas siguen ahí, intactas, como si nada. La verdad nos fatiga a veces, pero no por eso deja de ser verdad. Esa verdad está en la Feria.

En 1938, Bertolt Brecht escribía: “La estética dominante, el precio de los libros y la policía han puesto siempre una distancia considerable entre escritor y pueblo”. La estética dominante, esa lucha de poéticas que transcurre entre las voces y las letras. La policía, o las policías, porque la vigilancia y la represión pueden asumir formas diversas. Y el precio de los libros, claro: por qué los libros tienen el precio que tienen y, ajustando aún más el enfoque materialista brechtiano: por qué el papel tiene el precio que tiene.

Del famoso prólogo a Los lanzallamas que escribió Roberto Arlt, pronto van a cumplirse cien años (faltan ocho, no es tanto tiempo). Cien años ya de Los lanzallamas y de varias de las Aguafuertes porteñas, textos en los que sabidamente Arlt le opone a ese Tótem, el de la literatura, ese Tabú: el del trabajo, el del dinero; hiriendo con esa impronta de materialidad profana el halo sacro de la espiritualización de la creación en sus alturas. ¿Cómo explicar, entonces, que al cabo de tanto tiempo ese tema en este ámbito pueda ser motivo de escándalo? Yo no lo sé. Pienso en Arlt y en las lecturas que de él hicieron, como críticos literarios, David Viñas y Ricardo Piglia. Y ya que estamos, en la manera en que el protagonismo de Viñas en Los diarios de Emilio Renzi de Piglia pone en juego una y otra vez la relación entre literatura y dinero. O bien, en otro tramo de esos mismos Diarios, la manera en que lo pone en juego Borges.

Porque en la anécdota formidable del regateo marcha atrás por su remuneración para ir a dar una conferencia a la Universidad de La Plata, lo que hay es ironía, discordancia de sí, un espectáculo íntimo de desapego intencional, pero no el escamoteo de esa cuestión, la del dinero, la de que, habiendo un trabajo, tiene que haber también un pago. Asunto obvio pero a menudo elidido, pues nunca faltan (o más bien sobran) los que intentan siempre pagar el trabajo lo menos posible, y si pueden no pagar nada, para ellos, tanto mejor. Por eso es tan interesante, según creo, encontrar las huellas de esta larga cuestión no sólo en Arlt, sino también en Borges (otro día, con más tiempo, podemos hablar del análisis crítico que hizo Fermín Rodríguez del cuento “El zahir”, o del momento en que Emma Zunz rompe el dinero que el marinero le dejó, o de la lectura que de “Emma Zunz” hicieron Beatriz Sarlo y Josefina Ludmer).

Es un tema transitado, por lo que puede resultar un tanto desconcertante que al sacarlo se suscite escándalo. La Feria del Libro ofrece de hecho un marco especialmente propicio para considerar este asunto con buena resolución (resolución en el sentido en que se aplica a las imágenes cuando son nítidas, no a los problemas cuando se arreglan), porque es donde más elocuentemente se superponen, se entreveran, se estimulan, se molestan, se interfieren o se repelen las voces del mercadeo (a las que cabe escuchar, por qué no, como la estridencia crepitante de esas camionetas desvencijadas que pasan a puro parlante recorriendo los barrios, especialmente en las mañanas, con su: compro, señora, compro) y las voces de las conversaciones literarias (las impresas, las de los textos apilados en las mesas, y las pronunciadas en las numerosas actividades de las diversas salas a lo largo de los tantos días). Las fantasías de un afuera del mercado se revelan especialmente ilusas, no hay torre de marfil que aguante; y en vena netamente arltiana, cabe considerar que un lujo semejante sólo podrían procurárselo los previamente adinerados.


No se trata de escapismo (el gran Houdini sabía escapar, pero cobraba para que lo vieran hacerlo), ni tampoco de ese imaginario confrontativo que alentaron las vanguardias clásicas hace más de un siglo (y aun ahí, ¿cómo pensar el lanzamiento promocional que tramó Oliverio Girondo, puede que el más vanguardista de esa literatura no tan vanguardista, para la salida de Espantapájaros? Contracara de la discreción con la que Borges deslizó en los bolsillos de los sobretodos pertinentes ejemplares de su Fervor de Buenos Aires). La vanguardia actualmente existe, pero ante todo como fantasma (sigo en esto a Damián Tabarovsky en Fantasma de la vanguardia), por lo que antes que en el poder de choque de una fuerza de avanzada que declara abiertamente su guerra, entre otros enemigos funestos, contra el mercado, en lo que podemos pensar más bien es en ese “caballo de Troya” del que habló Héctor Libertella (a cuya autobiografía significativamente tituló La arquitectura del fantasma).


Ninguna torre de marfil, ningún paso a la ofensiva. El caballo de Troya que propuso Libertella encaja más perfectamente con el estado de cosas de la literatura en la sociedad, con el murmullo del decir literario, con el sigilo, con lo inadvertido, con lo desatendido. La literatura, de la que en general se habla bien, a la que se tiene en general por cosa buena, pero a la que se presta a veces una atención entre escasa y discontinua, o en todo caso un tanto errática, encuentra en el caballo de Troya eso que el propio Libertella alguna vez formuló como “pose de combate” (esa clase de verdad: la de la pose). Agazapados, camuflados, convirtiendo en una ventaja posible la desventaja inicial de pasar desapercibidos, la Feria puede ser un caballo de Troya con el que hacer que la literatura penetre en la ciudad, aunque también puede que haga falta un caballo de Troya para penetrar en la propia Feria, para recorrerla y para estar en ella.


Que esperen un poco los toros macizos, las vacas blandas, la tentación de la carne de la Rural. Le toca el turno ahora a este caballo de madera en el que nos cobijamos en pose de complot. Hacer del repliegue una estrategia, escabullirse. A Héctor Libertella le gustaba también la imagen del Salón Literario (otro bahiense, Ezequiel Martínez Estrada, bahiense por adopción, apeló a la misma imagen en el último discurso que dio: “Mensaje a los escritores”); pensar a la literatura entera metidita, sin mayores aspavientos, en un recodo de la jabonería de Vieytes, para imaginar por lo pronto un país posible (y aquí más porque, justo enfrente, estaba, como bien sabemos, la casa de don Juan Manuel de Rosas). Está el bullicio de los negocios. Está la industria grande, la de los stands empavesados y en extensión, y está el trajín de la tracción a sangre o el todo a pulmón de las editoriales más chicas compartiendo un mismo espacio entre varias (la moral del conventillo) o aposentadas en un lugarcito servicial (la ética del almacén de barrio).


Como sea, y en acumulación, crece el vocerío de la oferta y la demanda, del regateo fructuoso o infructuoso, del hallazgo del descuento, del chasquido del plin caja, de la aclaración de que va un señalador de regalo. Y en la parte de atrás, o en los resquicios, o en los rincones del comercio o de la jabonería de Vieytes, que era un comercio, se activa ese salón, el de la literatura, y más ampliamente el de los libros, entra y trota buenamente ese pingo, el pingo troyano en cuyo interior nos apartamos para leer o para escribir, o nos juntamos para hablar de eso que leímos o escribimos. Hay que aprender a hacer eso en la Feria porque así, aproximadamente así, si es que no exactamente así, circula la literatura en la sociedad.

Fuente: Infobae

domingo, 16 de abril de 2023

Feria del libro y literatura, Juntos Leemos Mejor (feria pedagógica –cultural)

Lima Norte será sede de la primera Feria del Libro y Literatura enfocada en padres, madres y cuidadores como mediadores para la adquisición del hábito lector. 

La feria del libro y literatura, Juntos Leemos Mejor es una feria pedagógica –cultural ganadora de los estímulos económicos del Ministerio de Cultura en la categoría proyectos para la programación de ferias y/o festivales del libro 2022.

Juntos Leemos Mejor es la 1era Feria del Libro y Literatura Familiar que une a la mancomunidad de Lima Norte. Es una celebración única de libros y literatura para todas las edades que busca promover la lectura y el amor por los libros en Lima Norte. 

La feria Juntos Leemos Mejor, se llevará a cabo del 25 al 28 de mayo del 2023 de 10:00 a.m. a 6:00 p.m. y tendrá lugar en el Parque Vizcardo y Guzmán en San Martín de Porres (altura cdra. 35 de Av. Perú). La feria contará con la participación de diversas casas editoriales y librerías con cientos de títulos en varios géneros disponibles a precios reducidos, perfectos para cualquier rango de presupuesto y tamaño familiar. Durante la feria también se realizarán lecturas de autores, actividades para niños y adolescentes, talleres, cuentacuentos, firmas de libros con ilustradores y narradores, ¡y mucho más! La entrada es gratuita.

La feria del libro y literatura, Juntos Leemos Mejor es una iniciativa novedosa que propone el goce de la experiencia lectora en los espacios públicos y presenta la promoción de la lectura desde un enfoque metodológico comunitario que reconoce a las figuras materna y paterna como los primeros mediadores en la adquisición del hábito lector. Además, entiende a la lectura como una actividad social que fortalece los vínculos afectivos en las familias.

Lima Norte está conformado por los distritos de: Ancón, Carabayllo, Comas, Independencia, Los Olivos, Puente Piedra, San Martín de Porres y Santa Rosa, según el último censo congregan en conjunto alrededor de 2 millones y medio de habitantes. 

Enlaces:

https://www.facebook.com/Feriadelibroylectura 

https://www.instagram.com/feriadelibroylectura



lunes, 3 de abril de 2023

Conceptos clave de la Gestión Cultural. Enfoques desde Latinoamérica

Esta obra tiene como objetivo brindar un primer acercamiento al lenguaje de la gestión cultural, en el intento de poner en palabras, de realizar una reflexión sobre el lenguaje, de lo que se hace y se piensa desde diversos lugares de nuestras múltiples y extensas realidades que nos caracterizan. Como tal, estos conceptos están abiertos y en movimiento, y a partir de ello se pueden armar y desarmar, construir y deconstruir, diversos enfoques y tendencias que buscan dar sentido a una gestión cultural latinoamericana que se encuentra en la búsqueda de sí misma".

El presente volumen, que presentamos a ustedes, reúne quince artículos que, a su vez, trabajan quince categorías propias del hacer de la gestión cultural en Nuestramérica. Para realizarlo, convocamos a un diverso grupo de gestores y gestoras culturales, académicas/os, investigadoras/es y extensionistas de Argentina, Brasil, Colombia, Chile y México para que, desde su pensar, su sentir y su hacer, co-construyeramos esta obra que
le presentamos. 
Sin embargo, no fue pensado como una obra única sino como la primera parte de un trabajo mayor: en paralelo, José Luis Mariscal Orozco (México) y Úrsula Rucker (Argentina) trabajan en la coordinación y compilación de un segundo volumen que, a su vez, complementa este trabajo con un número similar de autoras/es y categorías a pensar y debatir.

sábado, 1 de abril de 2023

Guía de libros infantiles y juveniles 2023 (IBBY México)

IBBY México, desde su fundación tiene como propósito fundamental la difusión de libros de calidad para atender la demanda lectora de niños y jóvenes. Gracias al trabajo de un comité que revisa, discute y analiza la oferta editorial en el mercado mexicano, es que pueden orientar a padres de familia, maestros, bibliotecarios y demás adultos interesados en acercar al público infantil y juvenil al placer de la lectura.

Para ello, año con año, publican: la Guía de Libros recomendados para niños y jóvenes. en coedición con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana.

La guía contiene:

Reseñas de libros, tanto literarios como informativos, seleccionados por sus virtudes estéticas, tanto en el texto como en la ilustración.

Bibliografía especializada en literatura infantil y juvenil, promoción de lectura y cultura escrita, un directorio de editoriales, distribuidoras y librerías, así como páginas web para los lectores adultos interesados en el tema de la Literatura Infantil y Juvenil, y la promoción de la lectura.

Fuente: IBBY México

Aquí puedes leer la guía:

Guia IBBY-Libros 2023 by R͒o͒s͒a͒ Facio Astocondor

lunes, 27 de marzo de 2023

Un poco de historia sobre el origen de los Marcapáginas

Mi modesta colección

Te ha pasado que vas leyendo un libro (casi siempre es un libro) en el bus, en casa, acostado, tumbado boca abajo y algo o alguien interrumpe tu lectura y para no perder la página que estás leyendo, miras a los lados buscando que colocar para señalar la página en la que te quedaste. Si vas en bus, usas el boleto; si estás en otro lugar, usas una tarjeta, otro papel, un lapicero, un pedazo de tela y en algunos casos (que me aterran) doblas la página del libro (por favor, no hagan eso). Pero si eres un lector, apasionado por cuidar tus libros, tendrás cerca un marcapáginas también llamados separadores de libros. 

Es así, que como lectora (si no me falla el recuerdo) me inicié en coleccionar estos objetos?... accesorios lectores?... a quienes llamo "Separadores de libros", pero que ahora leyendo e investigando un poco más de su origen y antecedentes, el nombre más apropiado es "Marcapáginas" pues cumple esa función de 'marcar' la página en la cual hacemos una pausa en nuestra lectura.

Regresando a cómo o cuándo me inicié, me remonto al año 1997 o tal vez un poco antes, cuando participaba en mi biblioteca parroquial "San Clemente" en Santa Anita y hacíamos intercambio de tarjetas, algunas en tamaño de tarjeta de presentación y otras en el tamaño de un marcapáginas. Luego en el 2000 fui a la Feria Internacional del Libro de Lima que todavía se realizaba en un espacio que actualmente es un centro comercial. Recorrí sus pasillos y un señor con un cartel que animaba a leer y colgado del cuello una fuente con marcapáginas, obsequiaba a quienes pasaban por su lado.

Como apasionada lectora que disfruta leer, estos objetos considero completan y complementan mi pasión hacia los libros. 

Fue así que poco a poco, con obsequios, intercambios, regalos, fui coleccionando los marcapáginas. Hasta que en verano de 2018, un domingo por la mañana, con ayuda de mi papá, me di la tarea de clasificarlos. Los agrupé por los siguientes temas:

Fuente: mi colección
Elaboración propia


Historia recogida en la web

Entonces que ya conocen un poco más de mi colección y los grandes grupos en los cuales los clasifiqué. Me preguntaba cómo se originaron, quién los creó?... ¿Cómo surgieron?. Fue así que buscando en la web, encontré diversos orígenes, con las palabras de búsqueda: "Historia de marcapáginas", incluso un libro denominado "Breve historia del Marcapáginas". Así que veamos que encontré:

Información identificada

El primer marcapáginas del que se tiene constancia, se colocó en la Biblia que Christopher Barker (el editor oficial de la Biblia en Inglaterra) regaló a la reina Isabel en 1584. El marcapáginas era de seda y tenía una borla dorada en su extremo.

A partir de 1600 la mayoría de las biblias o libros de consulta ya venían con una cinta de seda, o incluso varias de diferentes colores, para indicar el punto de lectura.

Gracias a la  revolución tecnológica relacionada con la imprenta, a finales del siglo XVIII y principios del XI, se comenzó la impresión sobre papel o cartón en varios colores, los marcapáginas se convirtieren en un objeto diferenciado del libro y llegan a su aspecto común de hoy en día.

Los editores y el estado vieron el potencial publicitario de estos puntos de lectura, añadiendo información sobre sus libros y las librerías o incluso mensajes políticos.  Como era una manera genial de hacerse publicidad localizada con un público objetivo fantástico, los autores y editores se esforzaron en crear marcapáginas creativos y pasaron a ser incluso objetos de coleccionista.

Los primeros marcadores desmontables no comenzaron a aparecer hasta la década de 1850, en plena época victoriana, y en un primer momento estaban hechos de seda o de telas bordadas. El papel ‒y otros materiales‒ no se empezó a utilizar hasta la década de 1880.

En esa misma época empiezan a aparecer los primeros marcapáginas conmemorativos y publicitarios ‒anunciando jabón, corsés, medicinas o marcas de alimento‒, que, ya desvinculados del libro, se convierten en objetos de colección. A lo largo del siglo XX, los marcapáginas se han utilizado para todo tipo de cometidos: para promocionar empresas sin ánimo de lucro, para poner en marcha campañas de concienciación, para adoctrinar y promover determinados valores ‒por ejemplo, el patriotismo durante la Primera Guerra Mundial‒ o, simplemente, para difundir una información determinada. 

Los marcapáginas más populares a partir de la década de 1860 fueron los de Steven Thomas, un tejedor de seda inglés, que los fabricaba personalizándolos para todo tipo de ocasiones y celebraciones y que los bautizó con el nombre de Stevengraphs. Teniendo en cuenta que la mayoría de esos marcapáginas estaban destinados a lucir en Biblias y libros de oraciones los Stevengraphs lucían a menudo frases tremendamente edulcoradas.

A partir de 1960, se utilizó como medio de expresión para artistas e ilustradores. Incluso se ha llegado ya, a principios del siglo XXI, al marcapáginas digital, que sabe cuándo abandonas la lectura de un libro y te manda un tuit para aconsejarte que lo retomes.

Libro "Breve historia del marcapáginas"

Fuente: Todos tus libros

Qué decir de este breve y elegante ensayo del napolitano Massimo Gatta sobre ese objeto tan útil y a la vez tan ignorado como es el marcapáginas, según la RAE ese “utensilio, normalmente plano, que sirve para señalar una página, por lo general aquella donde se interrumpió la lectura de un libro”. Pues bien, ese “utensilio” cobra vida en las palabras de Gatta, se convierte en testigo del tiempo y de la cultura humana en tanto que ha acompañado la lectura de varias generaciones. 

Comienza así un breve repaso de la historia de la lectura, en este caso de la lectura interrumpida, y descubrimos que el marcapáginas es tan antiguo como el objeto al que complementa, ambos son una unidad indisoluble, sólo que aquel ha adoptado a lo largo de su historia múltiples formas provenientes de los orígenes más insospechados, siendo siempre reflejo fiel de la personalidad del propio lector en cuyas manos se encuentra el libro. 

Encontramos así pequeños objetos que pudieron realizar la función de marcapáginas hallados en Egipto y datados en el s. VI d.C.; tiras de pergamino utilizadas por los monjes de los monasterios medievales en los scriptoria para marcar las páginas que copiaban; cintas de seda cosidas a la parte alta del libro para facilitar la lectura y que fueron muy empleadas en el siglo XVI; las encantadoras manecillas que aparecían dibujadas en los márgenes de los manuscritos antiguos –muy profusamente en España– entre los siglos XII y XVIII… 

Llegamos así a mediados del siglo XIX, momento en el cual el marcapáginas llegó a convertirse en un objeto muy preciado y elaborado, poniéndose incluso de moda entre las damas victorianas que lo utilizaban para marcar sus lecturas, además de convertirse en un objeto muy recurrente para regalar a amigos y conocidos en ocasiones señaladas tales como cumpleaños o aniversarios de todo tipo. 

Ya en el siglo XX, vemos cómo el marcapáginas deja de estar unido al libro para empezar a fabricarse de forma independiente, normalmente en papel o cartón, llegando a ser utilizado por numerosas empresas con fines comerciales, con imágenes de femme fatale, coloridas, perfumadas, exquisitas. Posteriormente llegarían los marcapáginas de otros materiales: metal, madera, plata… algunos tan bellos –como poco prácticos a veces– que los libreros de viejo comenzaron a reservar una sección específica en sus catálogos para estos objetos. 

El viaje histórico llega hasta los tiempos actuales, los tiempos del pósit y los marcadores digitales. 

En esta historia encontramos de todo: los famosos marcapáginas de Antonio Magliabechi a base de lonchas de salami que horrorizaban a algunos bibliófilos como Marino Parenti, que lo llegó a describir como “el hombre más sucio y descuidado de su tiempo, y también el más erudito”; el marcapáginas de lana que usaba la reina Isabel de Inglaterra; incluso algunas críticas a la antaño extendida costumbre de algunos de introducir hojas vegetales entre las páginas de un libro que, según explica Ricardo de Bury en su Filobiblión, “empiezan por dilatar las junturas ordinarias del libro y al cabo, (…) se pudren dentro de él”. 

La edición de este libro llevada a cabo por la editorial Fórcola incluye, muy acertadamente, numerosas láminas de pinturas –principalmente de los siglos XV y XVI– cuyo denominador común son los marcapáginas que aparecen señalando lecturas a medio hacer, que en algunos casos no son más que la feliz conjunción de unos dedos humanos, y que el autor va resaltando y describiendo a lo largo del texto. Completan este curioso ensayo un documentado aparato de notas, una muy útil bibliografía para las mentes más inquietas y, como no podía ser de otro modo, un oportuno marcapáginas ilustrado. 

Nos hallamos, por tanto, ante un bello texto que es a la vez una reivindicación de este objeto que nos sugiere, nos invita, por su propia razón de ser, a la lectura pausada, introspectiva, sin prisa, como apunta David Felipe Arranz en el prólogo al texto, algo que hoy día, en tiempos de urgencias e inmediateces, supone un acto casi revolucionario. Bravo, pues, una vez más, por apuestas editoriales como ésta. Ester Vallejo, Librería Jurídica Lex Nova (Madrid)

Sinopsis

Desde la Antigüedad clásica hasta nuestros días, este singular libro cuenta la historia y las curiosidades de un objeto querido por los amantes de la lectura y los libros de todos los tiempos: el marcapáginas. Si para san Agustín el dedo índice era la mejor manera para ello ¿qué utilizamos desde entonces para señalar dónde dejamos de leer un libro momentáneamente? ¿Alguna vez prestamos atención a ese objeto –un billete de metro, una flor seca, una postal o una cinta de seda– que nos permite encontrar el punto donde detuvimos la lectura? Entre el marcador de emergencia –como el clásico y vilipendiado dobladillo de una esquina de la página– y algunas preciosas obras de arte, los marcapáginas son para muchos lectores objeto de colección.

... y un poco más

En este enlace de enfemenino verás diversos modelos, formas, originalidad en su elaboración, así como un poquito más de historia.


Mi colección en exposición

Y no quería dejar de compartir, esta invitación que me llenó de alegría y todavía me causa felicidad y emociona muchisimo recordarlo. Cuando una buena amiga, me participó a prestar parte de mi colección para exposición denominada "Exposición colectiva Marcapáginas de libros" (2017) en conocido centro cultural en Lima (Perú), con motivo del día del libro. Con mucho gusto acepté y presté mis marcapáginas (incluso algunos por la cuarentena y otros motivos, siguen sin retornar, pero con la seguridad que están a buen recaudo). 

Participar y ofrecer parte de mi colección al público, fue un gran reconocimiento para mí, como coleccionista de marcapáginas.

¡Mucho gusto coleccionistas de marcapáginas!

En Perú, por ahora solamente conozco a José Luis Guardia (Papo Cuentacuentos) quien también los colecciona y cada vez que puede, comparte sus hallazgos conmigo, es decir si viaja o va a ferias, me consigue marcapáginas para mi colección y yo hago lo propio. 

Por tuirer conocí a una entrañable y bella persona Olga (@olgacartonera) de Chile, quien también los colecciona y fue precisamente esta pasión por los marcapáginas que nos unió. 

Recientemente, conocí de dos experiencias más: Laura en su blog "Reflexiones de mi álter ego" y de María Rosa en su espacio "Punto de papel" ambas de España, nos comparten parte de su colección en maravillosas fotos de marcapáginas en modelos originales, en distintos materiales, todos ellos elaborados con delicado y exquisito gusto, a quienes disfrutamos mirarlos una y otra vez. 

Fuente:

1)Estugraf

2)La piedra de Sísifo

3)Todos tus libros





domingo, 26 de marzo de 2023

Niña y bosque: análisis literario de un cuento infantil clásico

Jornadas Internacionales de LIJ

NIÑA, FLORES, BOSQUE, LOBO, ABUELA: ANÁLISIS LITERARIO DE UN CUENTO INFANTIL CLÁSICO.
A cargo de Manuel Peña Muñoz (Chile)

“Niña, flores, bosque, lobo, abuela”. El escritor italiano Giani Rodari, autor de una Gramática de la Fantasía nos propone estas cinco palabras mágicas para que cualquier persona de cualquier edad y de cualquier parte del mundo, exclame instantáneamente: Caperucita Roja: son apenas dos palabras también mágicas que inmediatamente tienen el poder maravilloso de conectarnos con la infancia. 
Caperucita Roja es el cuento de los cuentos. Pueden no habernos contado nunca El Gato con Botas o Rapuncel, Piel de Asno o El Soldadito de Plomo, pero nunca faltó en nuestra infancia, Caperucita Roja. 
¿Qué tiene de fascinante el cuento? ¿Qué es lo que nos atrapa? Es un cuento tan breve, con personajes tan concisos y definidos que nos cautiva por esa precisión de detalles. El escritor inglés Charles Dickens llegó a decir: "Caperucita Roja fue mi primer amor. Siento que si hubiera podido casarme con ella, hubiese alcanzado la felicidad total."

Lo interesante del cuento es que es el primer relato que se le cuenta a un niño. A los ocho años, ya es demasiado tarde. Un niño de ocho años considera que es un cuento demasiado pueril, a tal punto que es considerado como sinónimo de cuento para niños. Así dicen: "Ah, eso es como el cuento de Caperucita Roja". Quiere decir que es sinónimo de una fábula donde hay engaño fácil.
Caperucita Roja viene a ser el más enigmático de los cuentos. Desde su primera versión escrita en el siglo XVII hasta la actualidad, ha sido el cuento más versionado de la literatura del cual se han realizado adaptaciones, parodias, imitaciones y versiones en todos los estilos. El cuento de Caperucita Roja ha dado lugar a muchísimos relatos nuevos. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial se han registrado más de 100 versiones diferentes, todas de autor aunque el cuento original procede de la tradición oral. 
El cuento clásico ha sido también muy estudiado por etnógrafos, psicoanalistas, semiólogos, antropólogos y educadores de las más variadas tendencias. Cada uno trata de repartirse una parte del cuento para analizarlo y buscarle toda clase de interpretaciones. Todos quieren hincarle el diente a esta tierna Caperucita, como el lobo feroz, pero esta niña logra siempre escabullirse entre un verdadero bosque de símbolos.
Igualmente su imagen ha dado pie para que los distintos ilustradores hayan realizado sus propias interpretaciones a lo largo de la historia, a partir de la ilustración clásica fijada por Gustave Doré en el siglo XIX para los cuentos de Charles Perrault. 
Caperucita se ha llevado al cine, al dibujo animado, al teatro y al comic. Se ha interpretado al lobo como personaje terrorífico y también con un sentido más simpático, casi como un muñeco, dulcificando su imagen y convirtiéndolo en un personaje más querible. Hay incluso ilustraciones modernas en que se ve Caperucita Roja a través de una radiografía en el vientre del lobo. 
En fin, todas las interpretaciones visuales son posibles, porque el cuento da para mucho y cada época vislumbra al personaje de manera diferente, incluso en los últimos años ha sido fuente de inspiración para propagandas de cosméticos y automóviles o tema para películas pornográficas.
En los últimos años, el cuento se ha reescrito desde nuevas perspectivas incluso se ha analizado desde el punto de vista psicoanalítico. Allí está el libro Psicoanálisis de los cuentos de Hadas de Bruno Bettelheim que ha relacionado los cuentos clásicos con la mente humana de todos los tiempos, descubriendo sus múltiples significados.

Origen del cuento

¿Cuál es el origen del cuento? Sin duda, diremos que se debe a la escritura de Charles Perrault. Efectivamente, este autor francés del siglo XVII fijó el cuento por escrito que ya procedía de la tradición oral. 
Charles Perrault, en la corte francesa del Rey Sol, se interesó en la cuentística popular y así editó una primera colección en 1697 bajo el título de "Cuentos de Antaño". Los cuentos eran de diferente procedencia. Algunos eran en verso como "Griselidis", "Los deseos ridículos" y "Piel de Asno".
Estos eran de Charles Perrault, versificados por él. Otros eran genuinamente populares y fueron recogidos por él de labios de campesinos y mujeres que lavaban en los ríos. Estos cuentos eran 8 cuentos: La Bella Durmiente del Bosque, Caperucita Roja, Barba Azul, El Gato con Botas, La Cenicienta, Las Hadas, Riquet el del copete y Pulgarcito. 
Muchos de estos cuentos reflejaban la dureza de las condiciones de vida de los campesinos hasta el siglo XVII, como la vida de los granjeros presente en El Gato con Botas. Aquí vemos a los siervos de la gleba que están segando y que se inclinan con reverencias cuando pasa por el camino el carruaje del marqués de Carabás. Es una auténtica estampa medieval. También está presente la complacencia popular del triunfo del débil sobre el poderoso, presente en numerosos relatos folclóricos como "Pulgarcito", "Caperucita Roja" e incluso en relatos bíblicos como "David y Goliat". 

También está presente en este cuento el auténtico miedo a los lobos que asolaban los caminos, asolaban los campos y se comían los animales en los establos, por lo que siempre están presentes en los relatos populares medievales como reflejos de la maldad humana o incluso como símbolos del demonio, es decir que la aparición del lobo en el cuento no es metafórica simbolizando el peligro sexual sino un peligro real porque los lobos eran un constante peligro en la Edad Media, de modo que 

En el poema de Rubén Darío, Los Motivos del Lobo que narra en verso un episodio medieval protagonizado por San Francisco de Asís, aparece el lobo en esta actitud: 

"Rabioso, ha asolado los alrededores, cruel, ha deshecho todos los rebaños. 
devoró corderos, devoró pastores, y son incontables sus muertes y daños. 
Fuertes cazadores armados de hierros, fueron destrozados. 
Sus duros colmillos dieron cuenta de los más bravos perros, 
como de cabritos o de corderillos”. 
El lobo está presente en estos relatos como representación del mal, por eso no es de extrañarse que aparezca como personaje en el cuento de Caperucita Roja que procede de la tradición medieval. Este es además, un cuento que se escapa de la serie de relatos recogidos por Charles Perrault. 
En primer lugar, combina personajes humanos con animales. En segundo lugar, no hay elementos maravillosos tan propios del género de cuento de hadas, con personajes mágicos presentes en cuentos como en La Cenicienta. Y esto, porque el cuento se le coló en la serie a Charles Perrault ya que se trata de un cuento de advertencia. Caperucita Roja integra otro ciclo diferente de cuentos con finales trágicos cuyo objetivo ya no sería instruir o moralizar, sino advertir. 
Este tipo de cuentos se había escrito con el propósito de amedrentar a los niños y ponerlos en guardia contra determinados peligros o impedirles cometer ciertas acciones, como no ir solos a la orilla del río, o a los bosques, o a las cosechas, no estar fuera de la casa al caer la noche, no abrir la puerta a desconocidos, como es el caso del cuento "Las siete cabritas y el lobo" que también es un cuento de advertencia recogido por los hermanos Grimm siglos más tarde. 
Aquí también aparece el personaje del lobo que irrumpe en la casa de las siete cabritas mientras la madre está afuera. Por desobedecer, abren la puerta y el lobo entra devorando a las cabritas, menos a una. El final coincide con la versión de Caperucita Roja de los hermanos Grimm porque también rellenan con piedras el estómago del lobo y lo arrojan al río. Al recopilar el cuento de Caperucita Roja en Alemania, que había pasado allá por los hugonotes, cuando huían de las persecuciones francesas, no se hicieron problema alguno y pegaron simplemente al final. Así, consiguieron la versión que todos conocemos, con el cazador que viene a salvar a las dos mujeres y el lobo ahogado en el río con el estómago lleno de piedras.
Como Las siete cabritas y el lobo que era un cuento oral que circulaba en Europa desde tiempos inmemoriales, Caperucita Roja es también un cuento premonitorio o de advertencia que nada tiene que ver con "La Cenicienta" o "La Bella Durmiente" que tienen elementos maravillosos o mágicos.

Caperucita Roja de Charles Perrault

Caperucita Roja de Perrault es un caso insólito, porque además, termina mal. En todos los cuentos, la maldad debía ser castigada y la virtud recompensada, sólo que en esta primera versión del cuento, la abuela y la niña terminan en el estómago del lobo y sólo permanecerán allí hasta que dos siglos más tarde, los hermanos Grimm se apiaden de ellas y las saquen a la luz, por intermedio de un leñador o de un cazador que por allí pasaba.
Pero este personaje no está en la versión de Perrault. Su versión es bastante más siniestra y esto porque muchas leyendas medievales que circulaban en Francia en ese momento eran crueles y sangrientas. Allí está "Pulgarcito" cuyo gigante atraviesa el cuello de las ogresitas con un cuchillo, pensando en que se trata de los hermanos de Pulgarcito. 
Charles Perrault retocó el cuento original que escuchó porque le pareció pavoroso. Al escribirlo, suprimió la escena en que el lobo, ya travestido en abuelita, invita a la niña a comer carne y a beber sangre, pertenecientes a la pobre anciana a la que acaba de descuartizar. 
Esto no es de sorprenderse porque en muchos de estos cuentos hay resabios de canibalismo ritual. Son cuentos que se escuchan en el siglo XVII francés, pero en los cuales hay ecos de una Edad Media sanguinaria, como el personaje histórico de Gilles de Brais, que es la base para la creación de un cuento como "Barba Azul".
Charles Perrault hizo otro retoque moralista y censurador en esta leyenda medieval que escuchó de labios de campesinos. Esta leyenda es curiosísima. El lobo le pide a la niña que se desvista. Esto lo conservó. Lo que viene lo censuró. Escuchen. Ella obedece y se saca su ropa, echando prenda por prenda al fuego, hasta quedar desnuda. Caperucita sospecha del lobo. En su temor, inventa una treta: finge una imperiosa necesidad de ir al baño. Bueno, en esa época no había baños como los que conocemos ahora, de manera que pide permiso al lobo para hacer sus necesidades fuera de la casa, en el bosque. El lobo desconfía a su vez de la niña y le dice y que haga sus necesidades en la misma cama. Caperucita insiste y el lobo vestido de abuelita le ata una soga a la niña desnuda para que no se escape y haga sus necesidades en el bosque. La niña desnuda abre la puerta y sale corriendo. Una vez en el bosque, se desamarra y ata la cuerda a un árbol. Luego, sale huyendo y de esta manera burla al lobo.
Perrault no quiso poner este final, porque en una Francia barroca y exquisita, los detalles escatológicos eran considerados de pésimo gusto, de manera que arregla el cuento a su manera y crea su propia versión para doncellas casaderas, ajustándose en todo lo posible a otra versión que había escuchado, según la cual, el lobo devora a la anciana y a la niña. Esta versión era más adecuada para contarla en palacio.
El cuento había sido difundido, como una advertencia a los niños con el propósito de prevenirlos del peligro que podía acarrear la desobediencia y el andar solos por los bosques. Pero Perrault lo cuenta en círculos de doncellas, de manera que tiene ahora otros propósitos. Todos los jueves se reunían en tertulias en casa de Madame de L´Heritier que recibía los jueves. Charles Perrault cuenta la historia de tradición oral, pero le añade una moraleja al gusto de la época para adoctrinar a las jóvenes casaderas que se encontraban presentes y prevenirlas del peligro que podían contraer si se topaban con algunos lobos melosos que las cortejaban. He aquí la moraleja del cuento en la versión de Charles Perrault que se precia de ser la primera.

Vemos aquí a las adolescentes, 
y más las jovencitas
elegantes, bien hechas y bonitas
hacen mal en oír a ciertas gentes
y que no hay que extrañarse de la broma
de que a tantas el lobo se las coma.
Digo el lobo, porque estos animales
no todos son iguales.
Los hay con un carácter excelente
y humor afable, dulce y complaciente
que sin ruido, sin hiel ni irritación
persiguen a las jóvenes doncellas
llegando detrás de ellas
a la casa y hasta a la misma habitación.
¿Quién no ignora que lobos tan melosos 
son los más peligrosos?

Todo en el lenguaje rebuscado y retórico del barroco francés. El cuento nos arroja datos importantes de la época como el sistema para trabar una puerta. Pero ¿es ésta verdaderamente la versión primitiva? ¿Existía Caperucita antes de Perrault?

Una caperucita medieval

En la Edad Media ya encontramos antecedentes orales de un cuento con características similares al cuento escrito por Perrault en el barroco francés. Y esto es natural cuando se trata de cuentos de la tradición oral, pues es frecuente encontrar por ejemplo, el cuento de la Cenicienta con diversas versiones en la tradición oral de África, del Oriente y de los indígenas del sur de América. También de Caperucita Roja se han encontrado paralelos africanos y orientales. Los folcloristas analizan el cuento y encuentran muchos puntos en común con relatos orales mucho más antiguos que el cuento recopilado en Francia. De hecho, se ha encontrado un libro medieval destinado al uso de los escolares escrito en el siglo XI de la era cristiana, por Egberto de Lieja, llamado Fecunda Ratis: “La Nave Fértil". Se trata de un libro didáctico que ya existía en Europa 6 siglos antes que Perrault, es decir, 600 años antes de la versión más conocida. 
El libro tiene una intención catequizante y contiene una recopilación de proverbios, cuentos y fábulas. Egberto maneja un material antiguo de procedencia popular que ha sido muy valorado por los folcloristas. De hecho, el autor afirma que sus relatos han sido relatos de campesinos. Uno de estos relatos del siglo XI guarda coincidencias con Caperucita Roja. Originalmente está escrito en latín, pero ha sido traducido por Rafael de León, en Málaga, en el año 1964. Oigámoslo.

"Lo que os digo, en el campo se cuenta de igual modo
y no es tan sorprendente como digno de crédito
al sacar en la iglesia a una niña de pila
le regalaron una caperuza roja.
La quinta quincuagésima se celebró el bautizo
cuando al alba la niña cumplía cinco años.
Después, mientras andaba sin cuidado ninguno
le salió al paso un lobo que se la llevó al bosque
y dejó por comida la presa a sus cachorros
que la acosaron juntos y no pudiendo herirla
mansamente empezaron a lamer su cabeza
- No me rompáis, ratones, dijo entonces la niña.
esta caperucita que me regaló mi padrino.
Templa el Dios que los hizo, los destemplados ánimos".

El texto nos permite afirmar que ya en el siglo XI existía una tradición popular que contenía elementos de Caperucita Roja. A pesar de las diferencias entre Egberto, Charles Perrault y la versión de los hermanos Grimm, hay coincidencias. En las tres versiones, la protagonista es una niña pequeña que usa una prenda roja. En latín dice "túnica" lo que no implica que llevara una caperuza, pero el hecho que los lobitos no le pudieron lamer la cabeza a causa de un capuchón, nos da la idea de que la túnica llevaba una caperuza. 
En las tres versiones, la prenda le ha sido regalada por una persona que la quiere, en este caso por el padrino de la niña. En las tres versiones, la niña comete una imprudencia adentrándose en el bosque. En las tres, el lobo atrapa a la niña. En el caso de la versión medieval, la entrega a sus crías para que sea devorada, pero ella sale ilesa gracias a la protección de la caperuza.
Se trata de un cuento metafórico de alusión cristiana al bautismo. La capa roja, como el bautismo, sirve a la niña de protección contra el demonio.
En el cuento medieval, la capa ejerce una función mágica, ya que se hace bastante alusión a ella. Se nos informa quién se la regaló y cómo le sirve de protección. En un contexto medievalista católico, la capa se transforma en el símbolo de la protección divina que el bautismo proporciona a los cristianos. No es éste el único texto latino en que se utiliza la palabra túnica para subrayar la protección del bautismo. La niña viste túnica roja. Al final, se subraya la presencia divina y se dice como corolario: "Templa el Dios que los hizo los destemplados ánimos".
En suma, lo más importante del cuento de Egberto es el mensaje cristiano y la idea de la protección de la túnica roja contra el peligro del lobo, que en el contexto medieval, es la representación del demonio, por consiguiente del pecado. Como el texto aparece en un libro de lectura para los niños, la idea del autor es convencer de las virtudes del bautismo como coraza o protección contra el mal y propagar esta costumbre entre las familias. Este mensaje no aparece evidente en las versiones posteriores, aunque hay también versiones en las que se encuentran mensajes cristianos. Hasta el día se hoy quedan remanentes de esta versión en la tradición popular de muchos países donde se prende al recién nacido una cinta de color rojo como protección contra los malos espíritus.
Otro detalle a considerar en este pequeño cuento es el color de la túnica: rojo. Se la regaló el padrino el día del bautizo a los cinco años. No olvidemos que el bautismo es también un rito de iniciación. 
El texto señala que el padrino le regaló la caperuza "la quinta quincuagésima", es decir, Pentecostés, que era el día, junto con la víspera de Pascua, cuando se bautizaban a los niños. En esta fecha de la liturgia cristiana, los sacerdotes empiezan a utilizar la casulla de color rojo, en tanto que los niños que van a ser bautizados utilizan una prenda de este color, por eso el padrino se la ha regalado en el día del bautismo. 
El color coincide con la fecha del bautizo en el calendario litúrgico. Por eso, lleva la túnica que la preserva del pecado, es decir, del lobo y sus crías. Ya hemos dicho cómo en la Edad Media, el lobo aparece como símbolo del pecado y viva imagen del demonio. 
Curiosamente esta prenda es la que figura en el título en todas las versiones: la Caperucita Roja que en el cuento de Egberto va a ejercer como instrumento de salvación, es decir, va a ser un verdadero talismán que la protege de la muerte.
Este elemento desaparece en las versiones posteriores. La importancia del texto de Egberto es que por primera vez encontramos el primer testimonio de la caperucita roja. También es relevante analizar los primeros versos que se refieren a que la historia ha sido recogida de labios de campesinos, lo que nos hace suponer que la historia a su vez, sea aún más antigua: “Lo que os digo, en el campo se cuenta de igual modo”…

Un precedente griego.

Si nos remontamos aún más atrás, encontraremos antecedentes del cuento en relatos orales del siglo II A.C. contados en Atenas, donde aparecen descripciones de ritos de iniciación sexual de jóvenes doncellas muy hermosas que eran ofrecidas a los dioses en sacrificio con el propósito de librar a una comunidad de una plaga. 
Esta desfloración de una muchacha hermosa en un templo tenía lugar a través de un hombre escogido que estaba ataviado con una piel de lobo. Así aparece representado en diversas pinturas que muestran esta escena: niña hermosa enfrentada a lobo. El hombre va ataviado con ropajes de lobo y es quien comete la violación. Su nombre es Likas, palabra que tiene evidente relación con la palabra Likos en griego, que quiere decir lobo. 
Este rito de iniciación sexual permanece vigente en Nueva Guinea y en algunos puntos de la América primitiva. A la doncella iniciada se le hace entrar en una cabaña que tiene forma de animal salvaje y volver a salir luego de allí, como si fuese engullida y devuelta a la vida por la fiera, del mismo modo que la niña en el cuento sale del vientre del lobo. Esta es una interpretación etnográfica, es decir, es una teoría que analiza el cuento en relación a los ritos de las etnias antiguas. Aquí el paralelo es evidente.
En un relato oral de la antigua Grecia, Eutimo logra vencer al espíritu, lo mata y de esta manera salva a la doncella, tal como siglos después, el cazador salva a la niña
En unos casos se trata de un sacrificio propiamente tal y en otros casos, se trata de una desfloración ritual. La muchacha era conducida al santuario y al día siguiente sus padres la iban a buscar y la llevaban de vuelta a casa convertida de doncella en mujer. Lo interesante es conocer la indumentaria de la joven doncella. En las pinturas aparece siempre ataviada con cintas en la cabeza y llevando siempre una cesta bajo el brazo. Recordemos que en las versiones registradas por Charles Perrault y por los hermanos Grimm, este detalle de la cesta es imprescindible. 
En la versión de Perrault lleva siempre pasteles y un tarrito de matequilla. En la versión de los hermanos Grimm, pasteles y vino o pasteles y leche. 
Junto a los ritos griegos de iniciación femenina, Aristófanes y otras fuentes mencionan ciertas tareas rituales que debían ejecutar las muchachas como fabricar panes sagrados como ofrendas para las divinidades y llevarlos en cestas o canastos durante las procesiones de los sacrificios. De manera que el paralelismo es evidente. Del mismo modo, las novias romanas se cubrían la cabeza con un velo rojo llamado flammeum, es decir, color del fuego. Según la mayoría de los autores, este paño que cubría la cabeza era rojo. Estas significaciones se perdieron con el tiempo. La versión que recogió Perrault estaba desprovista de este sentido, pero no hay duda de que el relato primitivo guarda relación con ritos de iniciación femenina en la vida adulta y en la sexualidad.
Aún podemos remontarnos más atrás, a la historia del Antiguo Testamento. En "Caperucita Roja" hay un sustrato bíblico que se relaciona con la idea del ser humano que es devorado por un animal y devuelto a la vida desde su vientre como ocurre en el episodio de Jonás en el vientre de la ballena, motivo que es retomado por Carlo Collodi al escribir Pinocho. Recuerden ustedes que el muñeco y Gepetto pasan tres días y tres noches en el vientre de la ballena y son devueltos intactos a la vida, como en el episodio bíblico.
El trasfondo tradicional de la historia existe desde antiguo y se va haciendo más complejo a medida que pasa el tiempo. Por una parte, se añaden nuevos motivos y cada época y contexto incorpora sus propias inquietudes. Cada narrador, sea oral o escrito, aprovecha lo que quiere y lo que le viene bien para sus propósitos y para su público. Por otra parte, la mutua influencia entre la tradición oral y los textos escritos va aumentando progresivamente.

Caperucita Roja de los hermanos Grimm

Muchos años después, en 1819, encontramos el mismo cuento recogido en Alemania por los hermanos Grimm, quienes recopilaron cuentos de la tradición oral en los campos de la Alemania romántica y los retocaron para los destinatarios que eran los niños. Se suprimieron los desnudos. En la versión de los hermanos Grimm el lobo se coloca los vestidos de la abuela y no pide a Caperucita que se desvista. Al final, se introduce la advertencia explícita de la madre, lo cual permite reflexionar al niño sobre la importancia de ser obediente. 
El cuento termina de la siguiente manera:
"Para comerte mejor...
No había terminado de decir esto el lobo, cuando saltó fuera de la cama y devoró a la pobre Caperucita Roja. Cuando el lobo hubo saciado su apetito, se metió de nuevo en la cama y comenzó a dar sonoros ronquidos. Acertó a pasar el cazador por delante de la casa y pensó: "Cómo ronca la anciana. Debes mirar, no sea que le pase algo". Entonces entró a la alcoba y al acercarse a la cama, vio tumbada en ella al lobo. 
"Mira donde vengo a encontrarte, viejo pecador" dijo, "Yo, que te he buscado tanto".
Entonces le apuntó con la escopeta, pero se le ocurrió que el lobo podía haberse comido a la anciana y que tal vez podría salvarla todavía. Así es que no disparó sino que cogió unas tijeras y comenzó a abrir la barriga del lobo. Al dar un par de cortes, vio relucir la roja caperucita. Dio unos cortes más y saltó la niña diciendo:
¡Ay, qué susto he pasado, qué oscuro estaba en el vientre del lobo!
Y después salió la vieja abuela, también viva, aunque casi sin respiración. Caperucita Roja trajo inmediatamente grandes piedras y llenó la barriga del lobo con ellas. Y cuando el lobo se despertó quiso dar un salto para salir corriendo, pero el peso de las piedras le hizo caer, se estrelló contra el suelo y lo mató.
Los tres estaban contentos: el cazador le arrancó la piel al lobo y se la llevó a la casa. La abuela se comió la torta y se bebió el vino que Caperucita le había traído. Y Caperucita pensó: "Nunca más te apartarás del camino y adentrarás en el bosque cuando tu madre te lo haya prohibido".

La Caperucita Roja de Gabriela Mistral

Interesada en la educación de la infancia latinoamericana y la literatura infantil, Gabriela Mistral escribe en 1924 una serie de cuentos infantiles versificados inspirados en los célebres cuentos de Charles Perrault. Son ellos "La Cenicienta", "Blanca Nieve en la casa de los enanos", "La Bella Durmiente del Bosque" y "Caperucita Roja". 
Estos cuentos versificados se reprodujeron profusamente en periódicos de México y Bogotá. El poema "Caperucita Roja" aparece por primera vez en el libro de lectura "Vida" del educador uruguayo Henriques Figueira. Este escritor y profesor tenía una serie de textos escolares, entre ellos "Quieres leer", "Adelante". "Trabajo y Vida", muy elogiados y recordados por Juana de Ibarbourou, Juana de América, amiga de Gabriela Mistral. Henriques Figueira era un incansable promotor de los libros infantiles y la unidad latinoamericana. Compartía ideales comunes con Gabriela Mistral y por eso, ella no vacila en enviarle su poema inédito "Caperucita" que luego será editado por primera vez en forma de libro en la editorial Amanuta de Santiago de Chile en el año 2012 con ilustraciones de Paloma Valdivia, recibiendo numerosos premios internacionales.
En Argentina destacamos la versión de Gustavo Roldán que aparece en su libro “Sapo en Buenos Aires”.

Bibliografía:

Caperucita al desnudo
Catherine Orenstein.
Ares y Mares.
Barcelona, 2003.

www.elcaballerodelosalerces.cl