viernes, 18 de enero de 2013

El niño de junto al cielo

El niño de junto al cielo 
(Enrique Congrais Martin)


Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar... Pero ¿no sería, más bien, que “aquello” había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.

¿Por qué, por qué él? 

Su madre se había encogido de hombros al pedirle, él, autorización para conocer la ciudad, pero después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó “aquello” junto al sendero que corría paralelamente a la pista. 

Vacilante, incrédulo se agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerables reales. ¿Cuántos reales, cuántos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba de un papel anaranjado que decía “diez” por sus dos lados. 

Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de ese cerro cubierto de casas. Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete de su bolsillo para comprobar su indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él se preguntaba o era él, el que había ido hacia el billete? 

Cruzó la pista y se internó en un terreno salpicado de basura, desperdicios de albañilería y excrementos; llegó a una calle y desde allí divisó al famoso mercado, el Mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima?... La palabra le sonaba a hueco. Recordó: su tío le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan grande que en ella vivían un millón de personas. 


¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía unos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de cabezas. Y ahora, él, con cada paso que daba, iba internándose dentro de la bestia... 


Se detuvo, miró y meditó; la ciudad, el Mercado Mayorista, los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes algunas como él, otras no como él, y el billete anaranjado, quieto, dócil, en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el “diez” por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba el “diez” en su rostro y en su conciencia. El “diez años” lo hacía sentirse seguro y confiado, pero sólo hasta cierto punto. Antes, cuando comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos, la meta, el horizonte, había sido fijado en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era todo, Esteban se sentía incompleto aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si cuando llegara a los quince. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete anaranjado. 


Estuvo dando algunas, vueltas, atisbando dentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y, ahora, una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección, otros en otra, y él, Esteban, con el billete anaranjado, quedaba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo. 

Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir de las bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo. Bueno, había andado unas cuadras y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía innecesariamente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que también en la ciudad había seres humanos. 

¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedó mirándolo, mientras su mano dentro del bolsillo acariciaba el billete. 

—¡Hola, hombre! 

—Hola ... —respondió Esteban, susurrando casi. 

El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió ser kaki en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e indefinibles. 

—¡Eres de por acá! —le preguntó a Esteban. 

—Sí, este ... —se aturdió y no supo cómo explicar que vivía en el cerro y que estaba en viaje de exploración a través de la bestia de un millón de cabezas. 

—¿De dónde, ah? —se había acercado y estaba frente a Esteban. Era más alto y sus ojos inquietos le recorrían de arriba a abajo—. ¿De dónde, ah? —volvió a preguntar. 

—De allá, del cerro —y Esteban señaló en la dirección en que había venido. 

—¿San Cosme? 

Esteban meneó la cabeza, negativamente. 

—¿Del Agustino? 

—¡Sí, de ahí! —exclamó sonriendo. Ese era el nombre y ahora lo recordaba. Desde hacía meses, cuando se enteró de la decisión de su tío de venir a radicarse a Lima, venía averiguando cosas de la ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado grande, tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que ahí llegaban buques de otros países; que habían lugares muy bonitos, tiendas enormes, calles larguísimas... ¡Lima! ... Su tío había salido dos meses antes que ellos con el propósito de conseguir casa. Una casa ¿En qué sitio será?, le había preguntado a su madre. Ella tampoco sabía. Los días corrieron y después de muchas semanas llegó la carta que ordenaba partir... ¡Lima! ... ¿El cerro del Agustino, Esteban? Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La choza que su tío había levantado quedaba en el barrio de Junto al Cielo. Y Esteban era el único que lo sabía. 

—Yo no tengo casa ... —dijo el chico después de un rato. Tiró una bola contra la tierra y exclamó—: ¡Caray, no tengo! 

—¿Dónde vives, entonces? —se animó a inquirir Esteban. 

El chico recogió la bola, la frotó en su mano y luego respondió: 

—En el mercado, cuido la fruta, duermo a ratos ... 

Amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y le preguntó—: ¿Cómo te llamas tú? 

—Esteban ... 

—Yo me llamo Pedro —tiró la bola al aire y la recibió en la palma de su mano —. Te juego, ¿ya Esteban? 

Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguiéndose mutuamente. Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres junto a ellos, pasaron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego había terminado, Esteban no tenía nada que hacer junto a la habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de la acera. ¿A dónde, ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sentía más a gusto en compañía de Pedro, que estando solo. 

Dieron algunas vueltas, más y más edificios. Más y más gentes. Más y más autos en las calles. Y el billete anaranjado seguía en el bolsillo. Esteban lo recordó. 

—¡Mira lo que me encontré! —lo tenía entre sus dedos y el viento lo hacía oscilar levemente. 

—¡Caray! —exclamó Pedro y lo tomó, examinándolo al detalle—. ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste? 

—Junto a la pista, cerca del cerro —explicó Esteban. 

Pedro le devolvió el billete y se concentró un rato. Luego preguntó: 

—¿Qué piensas hacer, Esteban? 

—No sé, guardarlo, seguro ... —y sonrió tímidamente. 

—¡Caray, yo con una libra haría negocios, palabra que sí! 

—¿Cómo? 

Pedro hizo un gesto impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, muchísimas cosas. Su gesto podía interpretarse como una total despreocupación por el asunto —los negocios— o como una gran abundancia de posibilidades y perspectiva. Esteban no comprendió. 

—¿Qué clase de negocios, ah? 

—¡Cualquier clase, hombre! —pateó un cáscara de naranja que rodó desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pasó un ómnibus que la aplanó contra el pavimento—. Negocios hay de sobra, palabra que sí. Y en unos dos días cada uno de nosotros podría tener otra libra en el bolsillo. 

—¿Una libra más? —preguntó Esteban asombrándose. 

—¡Pero claro, claro que sí!... —volvió a examinar a Esteban y le preguntó—: ¿Tú eres de Lima? 

Esteban se ruborizó. No, él no había crecido al pie de las paredes grises, ni jugando sobre el cemento áspero e indiferente. Nada de eso en sus diez años, salvo lo de ese día. 

—No, no soy de acá, soy de Tarma; llegué ayer... 

—¡Ah! —exclamó Pedro, observándolo fugazmente—. ¿De Tarma, no? 

—Sí, de Tarma ... 

Habían dejado atrás el mercado y estaban junto a la carretera. A medio kilómetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el barrio de Junto al Cielo, según Esteban. Antes del viaje, en Tarma, se había preguntado: ¿iremos a vivir a Miraflores, al Callao a San Isidro, a Chorrillos, en cuál de esos barrios quedará la casa de mi tío? Habían tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y fatigante viaje, arribaban a Lima. ¿Miraflores? ¿La Victoria? ¿San Isidro? ¿Callao? ¿A dónde Esteban, adónde? Su tío había mencionado el lugar y era la primera vez que Esteban lo oía nombrar. Debe ser algún barrio nuevo, pensó. Tomaron un auto y cruzaron calles y más calles. Todas diferentes pero, cosa curiosa, todas parecidas, también. El auto los dejó al pie de un cerro. Casas junto al cerro, casas en mitad de cerro, casas en la cumbre del cerro. Habían subido y una vez arriba, junto a la choza que había levantado su tío. Esteban contempló a la bestia con un millón de cabezas. La “cosa” se extendía y se desparramaba, cubriendo la tierra de casa, calles, techos, edificios, más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces Esteban había levantado los ojos, y se había sentido tan encima de todo —o tan abajo, quizá— que había pensado que estaba en el barrio de Junto al Cielo. 

—Oye, ¿quisieras entrar en algún negocio conmigo? —Pedro se había detenido y lo contemplaba, esperando respuesta. 

—¿Yo?... —titubeando, preguntó—: ¿Qué clase de negocio? ¿Tendría otro billete mañana? 

—¡Claro que sí, por supuesto! —afirmó resueltamente. 

La mano de Esteban acarició el billete y pensó que podría tener otro billete más, y otro más, y muchos más. Muchísimos billetes más, seguramente. Entonces el “diez años” sería esa meta que siempre había soñado. 

—¿Qué clase de negocios se puede, ah? —preguntó Esteban. 

Pedro sonrió y explicó: 

—Negocios hay muchos ... Podríamos comprar periódicos y venderlos por Lima; podríamos comprar revistas, chistes ... —hizo una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo, entusiasmándose—: Mira, compraremos diez soles de revistas y los vendemos ahora mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, palabra. 

—¿Quince soles? 

—¡Claro, quince soles! ¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para mí! ¿Qué te parece, ah? 

Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora; convinieron en que Esteban no diría nada, ni a su madre ni a su tío: convinieron en que venderían revistas y que de la libra de Esteban, saldrían muchísimas otras. 

Esteban había almorzado apresuradamente y le había vuelto a pedir permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su tío no almorzaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, completamente gratis, como había recalcado al explicar su situación. Esteban bajó por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de la carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en la mañana, el billete de diez soles. Al poco rato apareció Pedro y empezaron a caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un millón de cabezas. 

—Vas a ver que fácil es vender revistas, Esteban. Las ponemos en cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compra para sus hijos. Y si queremos nos ponemos a gritar en la calle el nombre de las revistas y así vienen más rápido ... ¡Ya vas a ver qué bueno es hacer negocios!... 

—¿Queda muy lejos el sitio? —preguntó Esteban, al ver que las calles seguían alargándose casi hasta el infinito. Qué lejos había quedado todo lo que hasta hacía unos días había sido habitual para él. 

—No, ya no. Ahora estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando hasta el centro. 

—¿Cuánto cuesta el tranvía? 

—¡Nada, hombre! —y se rió de buena gana—. Lo tomamos no más y le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza San Martín. 

Más y más cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros increíblemente nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios dónde. 

—¿Adónde va toda esa gente en auto? 

Pedro sonrió y observó a Esteban. Pero ¿adónde iban realmente? Pedro no halló ninguna respuesta satisfactoria y se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Más y más cuadras. Al fin terminó la calle y llegaron a una especie de parque. 

—¡Corre! —le gritó Pedro, de súbito. El tranvía comenzaba a ponerse en marcha. Corrieron, cruzaron en dos saltos la pista y se encaramaron al estribo. 

Una vez arriba se miraron, sonrientes. Esteban empezó a perder el temor y llegó a la conclusión de que seguía siendo el centro de todo. La bestia de un millón de cabezas no era tan espantosa como había soñado, y ya no le importaba estar siempre, aquí o allá, en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia. 

Parecía que el tranvía se había detenido definitivamente, esta vez, después de una serie de paradas, todo el mundo se había levantad de sus asientos y Pedro lo estaba empujando. 

—Vamos, ¿qué esperas? 

—¿Aquí es? 

—Claro, baja. 

Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel de cemento de la bestia. Esteban veía más gente y las veía marchar —sabe Dios dónde— con más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban tranquilos, suaves, con gusto, como la gente de Tarma? 

—Después volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender las revistas. 

—Bueno —asintió Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo importante era vender las revistas, y que la libra se convirtiera en varias más. Eso era lo importante. 

—¿Tú tampoco tienes papá? —le preguntó Pedro mientras doblaban hacia una calle por la que pasaban los rieles del tranvía. 

—No, no tengo ... —y bajó la cabeza, entristecido. Luego de un momento, Esteban preguntó—: ¿Y tú? 

—Tampoco, ni papá, ni mamá. —Pedro se encogió de hombros y apresuró el paso. Después inquirió descuidadamente: 

—¿Y al que le dices “tío”? 

—Ah ... él vive con mi mamá, ha venido a Lima de chofer ... —calló, pero enseguida dijo—: Mi papá murió cuando yo era un chico... 

—¡Ah, caray!... ¿Y tu “tío”, qué tal te trata? 

—Bien; no se mete conmigo para nada. 

—¡Ah! 

Habían llegado al lugar. Tras un portón se veía un patio más o menos grande, puertas, ventanas, y dos letreros que anunciaban revistas al por mayor. 

—Ven, entra —le ordenó Pedro. 

Estaban adentro. Desde el piso hasta el techo habían revistas, y algunos chicos como ellos, dos mujeres y un hombre, seleccionaban sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas. 

—Paga. 

Esteban vaciló un momento. Desprenderse del billete anaranjado era más desagradable de lo que había supuesto. Se estaba bien teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces fuera necesario. 

—Paga —repitió Pedro, mostrándole las revistas a un hombre gordo que controlaba la venta. 

—¿Es justo una libra? 

—Sí, justo. Diez revistas a un sol cada una. 

Oprimió el billete con desesperación, pero al fin terminó por extraerlo del bolsillo. Pedro se lo quitó rápidamente de la mano y lo entregó al hombre. 

—Vamos —dijo jalándolo. 

Se instalaron en la Plaza San Martín y alinearon las diez revistas en uno de los muros que circulaban el jardín. Revistas, revistas, revistas señor, revistas señora, revistas, revistas. Cada vez que una de las revistas desaparecía con un comprador, Esteban suspiraba aliviado. Quedaban seis revistas y pronto de seguir así las cosas, no habría de quedar ninguna. 

—¿Qué te parece, ah? —preguntó Pedro, sonriente con orgullo. 

—Está bueno, está bueno... —y se sintió enormemente agradecido a su amigo y socio. 

—Revistas, revistas ¿no quiere un chiste, señor? 

El hombre se detuvo y examinó las carátulas. ¿Cuánto? Un sol cincuenta, no más... La mano del hombre quedó indecisa sobre dos revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió. Cóbrese. Y las monedas cayeron, tintineantes, al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a observar, meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa era soñar, allá en Tarma, con una bestia de un millón de cabezas, y otra era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo y paladeando con fruición la vida. 

Él era el socio capitalista y el negocio marchaba estupendamente bien. Revistas, revistas, gritaba el socio industrial, y otra revista más que desaparecía en manos impacientes. ¡Apúrate con el vuelto!, exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba a prisa, rápidamente. ¿Adónde van que se apuran tanto?, pensaba Esteban. 

Bueno, bueno, la bestia era una bestia bondadosa, amigable, aunque algo difícil de comprender. Eso no importaba; seguramente, con el tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia que estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya no quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más y ocho desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la bestia. Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes ... Listo, ya no quedaba más que una revista y Pedro anunció que eran las cuatro y media. 

—¡Caray, me muero de hambre, no he almorzado! ... —prorrumpió luego. 

—¿No haz almorzado? 

—No, no he almorzado... —observó a posibles compradores entre las personas que pasaban y después sugirió—: ¿Me podrías ir a comprar un pan o un bizcocho? 

—Bueno —aceptó Esteban, inmediatamente. 

Pedro sacó un sol de su bolsillo y explicó: 

—Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ¿ya? 

—Sí, ya sé. 

—¿Ves ese cine? —preguntó Pedro señalando a uno que quedaba en la esquina. Esteban asintió—. Bueno, sigues por esa calle y a mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cómprame un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa, ¿ya Esteban? 

—Ya. 

Recibió el sol, cruzó la pista, pasó por entre dos autos estacionados y tomó la calle que le había indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda. Entró. 

—Déme un pan con jamón —pidió a la muchacha que atendía. 

Sacó un pan de la vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó. Esteban puso la moneda sobre el mostrador. 

—Vale un sol veinte —advirtió la muchacha. 

—¡Un sol veinte! ... —devolvió el pan y quedo indeciso un instante. Luego se decidió—: Deme un sol de galletas, entonces. 

Tenía el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos. Miró a su gusto y, luego, prosiguió caminando. ¿Habría vendido Pedro la revista que le quedaba? 

Más tarde, cuando regresara a Junto al Cielo, lo haría feliz, absolutamente feliz. Pensó en ello, apresuró el paso, atravesó la calle, esperó que pasara uso automóviles y llegó a la vereda. Veinte o treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se había confundido? Porque ya Pedro no estaba en ese lugar, ni en ningún otro. Llegó al sitio preciso y nada, ni Pedro, ni revista, ni quince soles, ni ... ¿Cómo había podido perderse o desorientarse? Pero, ¿no era ahí donde habían estado vendiendo las revistas? ¿Era o no era? Miró a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había notado cuando se instalaron, hacía más de dos horas. Entonces, ¿no se había confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista? 

Bueno, no era necesario asustarse, pensó. Seguramente se había demorado y Pedro lo estaba buscando. Esto tenía que haber sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no había ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron quedando a sus espaladas. No, Pedro no había ido a buscar sencillo: ya estaría de regreso, de ser así. ¿Entonces?... 

—Señor, ¿tiene hora? —le preguntó a un joven que pasaba. 

—Sí, las cinco en punto. 

Esteban bajó la vista, hundiéndola en la piel de la bestia y prefirió no pensar. Comprendió que, de hacerlo, terminaría llorando y eso no podía ser. El ya tenía diez años, y diez años no eran ni ocho, ni nueve ¡Eran diez años! 

—¿Tiene hora, señorita? 

—Sí —sonrió y dijo con voz linda—: Las seis y diez —y se alejó presurosa. 

¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista? ... ¿Dónde estaban, en qué lugar de la bestia con un millón de cabezas estaban? ... Desgraciadamente no lo sabía y sólo quedaba la posibilidad de esperar y seguir esperando... 

—¿Tiene hora, señor? 

—Un cuarto para las siete. 

—Gracias... 

¿Entonces? ... Entonces, ¿ya Pedro no iba a regresar? ... ¿Ni Pedro, ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces?... Decenas de letreros luminosos se habían encendido. Letreros luminosos que se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente sobre la piel de la bestia. Y la gente caminaba con más prisa ahora. Rápido, rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse muchísimo más, apúrense más... Y Esteban permanecía inmóvil, recostado en el muro, con el paquete de galletas en la mano y con las esperanzas en el bolsillo de Pedro... Inmóvil, dominándose para no terminar en pleno llanto. 

Entonces ¿Pedro lo había engañado?... ¿Pedro su amigo, le había robado el billete anaranjado?... ¿O sería, más bien, la bestia con un millón de cabezas la causa de todo?... Y ¿acaso no era Pedro parte integrante de la bestia?... 

Sí y no. Pero ya nada importaba. Dejó el muro, mordisqueó una galleta y, desolado, se dirigió a tomar el tranvía.

Imagen tomada del canal Andrés Bello en youtube 

A Lima

A Lima
(Joaquín Sabina)


Lima la horrible, César con garua
tierra sin declarar, jardín cercado
cerradura de llave con ganzúa
Casuarinas, Barranco, Leoncio prado

Lima la dulce, flor de la canela
alazanes de paso marinero
Chabuca, fina estampa, duerme vela
martin de porres, cristo milagrero

Anticuchos, semáforos, cholitas
chinganas, escribanos, pirañitas
panza de burro, cielo hipotecado

Uganvillas, huachafos con corbata
coronados laureles de ojalata
ultimo tren de los desamparados.


Poema: A Lima
Año: 2006, Recitado en el concierto en Lima (9 de marzo)
Letra: Joaquín Sabina



sábado, 12 de enero de 2013

¿Te erotiza mi mala “hortografía”?


Que las faltas de ortografía en el mundo del chat espantan y pueden sepultar cualquier eventual contacto físico, lo habrás escuchado más de una vez. Sin embargo, existen quienes pueden leer “conberzasión” y sentirse sexualmente excitados. En serio. No lo inventamos nosotros, se llama “anortografofilia” y acaba de ser incluido en un glosario español de “parafilias”.

Para la RAE, la cuestión es bien simple. Parafilia es una desviación sexual. Pero Wikipedia agrega un poco de información, como por ejemplo que la palabra deriva del griego, y viene de la unión de pará, que significa “al margen de”, y filía o “amor”. Vale decir, parafilia describe tipos de comportamientos sexuales donde el placer no se encuentra en la relación sexual misma sino en alguna otra cosa o actividad que la acompaña.

La anortografofilia o excitación por las faltas de ortografía es una de las muchas filias descritas e ilustradas en los libros “Perversiones” y “Pervertidos” de la Editorial Traspiés. Ahí también está la Amomaxia o atracción por tener sexo dentro de un automóvil estacionado, la Amiquesis que consiste en rascar a la pareja durante el acto sexual, la Ginonudomanía o compulsión por arrancar las ropas del otro, o la Narratofilia, cuyo estímulo primario es la narración erótica.

El diario ABC, recientemente, recomendó estos libros con la siguiente reseña: “Bajo el sobrenombre de «Catálogo de parafilias ilustradas», esta obra recoge una exótica selección de prácticas eróticas (…) . El sadomasoquismo al lado de estas propuestas le parecerá un juego de principiantes. No apto para lectores fácilmente impresionables o enfermos de corazón”.

Si leer “nos vemos por hay” (en vez de ahí) nos mata las pasiones, jugar con la redacción y ortografía también puede ser estimulante. Quizás creatividad y osadía sea una combinación perfecta para invitar a la libido.


Fuente aquí

sábado, 1 de diciembre de 2012

César Vallejo, periodista


Ni el paso del tiempo evita que el legado de los genios arroje sorpresas. Es la certeza que confirma el libro 'Desde Europa', que muestra los trabajos periodísticos del poeta peruano César Vallejo (1892-1938). Entre los artículos, hay uno de 1928 en el que el escritor ensalza a Pablo Picasso, en su primera línea, en los siguientes términos: "El más grande pintor contemporáneo es un español de Málaga: Picasso".

Ha sido la editorial malagueña e.d.a., con sede en Benalmádena, la que ha recopilado en este volumen las crónicas y artículos periodísticos escritos por el poeta, dramaturgo, narrador y ensayista peruano entre 1923 y 1937. En este periodo, Vallejo vivió en París y Madrid, y viajó por Rusia y otros países del este europeo.

No en vano, en sus páginas se da a conocer su silenciada faceta como periodista, con una fuerza que lleva al responsable de la edición, su compatriota y académico de la lengua Jorge Puccinelli, a sostener que «en Vallejo se da la paradoja de ser a la vez el escritor más conocido y, en algunos aspectos, el menos conocido de la literatura peruana».

Irremediablemente, algunos de estos 80 textos se dejan llevar por las propias experiencias que vive en su periplo europeo el escritor, o se convierten en un reflejo de diversos aspectos que le llamaron la atención de la realidad social y política de entonces en el viejo continente.

Asimismo, por otros de los artículos o crónicas, que ahora se rescatan, desfilan distintas personalidades de la cultura. Por ejemplo, escritores inmediatamente anteriores a él o de su mismo tiempo a los que se refiere en términos desiguales, como el ruso León Tolstoi, el francés Paul Morand o el chileno Vicente Huidobro. En el caso de este último, se aprecian líneas en las que le lanza un claro ataque, y lo acusa de defender que «sus versos se prestan, a la perfección, a ser traducidos a todos los idiomas». «De este mismo error participan todos los que, como Huidobro, trabajan con ideas en vez de trabajar con palabras y buscan en la versión de un poema la letra o texto de la vida en vez de buscar el tono o ritmo cardiaco de la vida», escribe.

Asimismo, otras disciplinas artísticas entran en juego, e incluso le conceden a algunos fragmentos aristas propias de las críticas de arte, cine o música. En cuanto al mundo de los pintores, se adentra en el universo de Claude Monet y otros impresionistas, se deshace en elogios hacia el malagueño Pablo Picasso, y tiene muy presente a su querido Juan Gris, a quien, precisamente, corresponde la ilustración que se reproduce en la cubierta de este libro de artículos. Se trata de la obra Journal et compotier (1916), perteneciente al Museo Guggenheim de Nueva York.


Otro personaje ilustre de la cultura que aparece es Charles Chaplin, a quien, a propósito de un comentario sobre una película suya, lo presenta de la siguiente manera: «Chaplin se muestra en esta obra como un comunista rojo o integral. Más aún. Chaplin se muestra allí como un puro y supremo creador de nuevos y más humanos instintos políticos y sociales. Si así no se le ha comprendido aún, la historia lo dirá», vaticina.

Otro español ante el que se rinde con su admiración el peruano es Manuel de Falla, hasta el punto que expone lo que sigue: «Falla –no visto sino oído como deben serlo todos los músicos– produce una evidente impresión de grandeza».
Fuente: El Mundo


jueves, 22 de noviembre de 2012

La cenicienta que no quería comer perdices

Te invitamos a leer "La cenicienta que no quería comer perdices", un cuento moderno para adultos(as) que revisa, con mucho humor, el papel que nos ha tocado a todos(as) representar en este gran cuento que es la vida.
"La cenicienta que no quería comer perdices" se ha convertido en un gran boom editorial antes de publicarse. Las autoras escribieron e ilustraron a cuatro manos este cuento que autoeditaron tras conseguir financiación gracias a amigos y conocidos.

El éxito fue tal que el cuento se convirtió en todo un fenómeno en Internet: empezó a circular por e-mail, en foros, en blogs... y las autoras (Nunila López Salamero, escritora y Myriam Cameros Sierra, ilustradora) empezaron a dar charlas en institutos y universidades. Se convirtieron en referentes del buen rollo y consiguieron una total identificación con su público.


En youtube:


 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Presentación y comentarios de las obras completas de César Vallejo

Es martes 20 de noviembre y en la casa de la literatura peruana desde muy temprano, casi una hora antes de la presentación del libro "Obras completas" de César Vallejo.
Participaron Antonio Gonzales Montes; Ricardo Gonzales Vigil (editor del libro); Iván Rodríguez Chávez; Karen Calderón Montoya (directora de la casa de la literatura) y Carlos Del Águila (representando al centro cultural de Petroperú).
Inició con el saludo de bienvenida de la directora de la casa de la literatura peruana, quien adelantó que próximamente recibirán en calidad de donación 300 libros del sello editorial Petroperú que serán para la biblioteca "Mario Vargas Llosa".
Comparto las ideas principales de los presentadores. Antes del inicio de la exposición, los presentadores saludaron la permanencia de la casa de la literatura peruana.


1. Iván Rodríguez Chávez:
- Los poemas de Vallejo no envejecerán con el tiempo.
- Es lectura para todos, incluyendo a los niños.
- Nuestro mejor homenaje es leyendo su obra completa.
- Sobre Ricardo Gonzáles Vigil dice es una de las personas que más conoce a Vallejo, quien tiene a la poesía como un laboratorio.
- El lector puede entrar en el proceso muy serio, de mucha responsabilidad, agrega un estilo didáctico y pedagógico.
- El libro servirá para todo lector que no es un especialista.
- Este libro sobre cómo leer a Vallejo, es un libro que debería estar en todas las bibliotecas públicas y en todas las casas.

2. Antonio Gonzáles Montes:
- El trabajo de Gonzáles Vigil es una invitación a leer, al diálogo cordial Vallejista.
- Los libros son una orientación en la lectura de Vallejo.
- Lector tendrá la galaxia de Vallejo, al alcance.
- El prólogo de más de 420 páginas
- Ricardo Gonzáles Vigil es un "Vallejólogo"


3. Ricardo Gonzáles Vigil:
- Inició su presentación agradeciendo a quienes lo ayudaron y colaboraron en la presentación de la obra
- Sobre la situación de desconcierto sobre el traslado de la casa de la literatura peruana, dijo: "ya parece que pasaron los malos vientos para la casa de la literatura"
- El prólogo del libro del año '98 sobre poesía ha sido actualizado
- En Cerro de Pasco encontró dos poemas, en la revista "El minero ilustrado"
- Incluye sección de "Microrrelatos".
- Vallejo es la figura literaria más grande que ha producido el Perú.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Presentación de las obras completas de César Vallejo, editadas por Petroperú


Petroperú presenta la reedición de las obras completas de Cesar Vallejo en la Casa de la Literatura
     
Edición corregida y aumentada a cargo de Ricardo González Vigil se  presenta el martes 20 de noviembre a las 7:30pm.

Habrá visitas guiadas, música a cargo de Rafo Ráez  y muchas sorpresas para los asistentes. INGRESO LIBRE    

Petroperú se aúna a las celebraciones por los 120 años del nacimiento del gran Cesar Vallejo,  y los invita a la presentación del libro “Obras Completas de César Vallejo”, en una  edición de dos tomos revisada, corregida  y aumentada a cargo del conocido crítico y estudioso Ricardo González Vigil, bajo el sello de Ediciones Copé. La cita es en La Casa de La Literatura Peruana (Jr. Ancash 207, Antigua Estación de Desamparados) el martes 20 de noviembre a las 7:30pm. El ingreso es libre.

Esta reedición compila toda la obra poética y narrativa de nuestro reconocido poeta. Así, en el primer tomo los lectores podrán volver a repasar las líneas inmortales de Los Heraldos Negros y sumergirse en los versos de Trilce, que este 2012 cumple  90 años de su publicación.

Ya en el segundo  tomo, se sumergirán en su faceta narrativa, revisando los clásicos Paco Yunque, El Tungsteno y, como novedad en esta edición, una serie de micro relatos añadidos por  Ricardo González Vigil, quien elabora además un estudio introductorio de ambas facetas del  autor en cada uno de los tomos.    

Para esta gran celebración, ese martes 20 la casa de la literatura peruana ha preparado un completo programa que incluye visitas guiadas a la exposición “César Vallejo, 120 años de vida”, donde se exhiben las primeras ediciones de todos sus libros. Luego se llevará a cabo la presentación del libro a las 7:30pm, a cargo del mismo  Ricardo González Vigil, y con la presencia de los estudiosos Antonio Gonzales Montes e Iván Rodríguez Chávez; y cierra con un espectáculo a cargo del reconocido músico Rafo Raez, quien hará una adaptación en rock de los poemas más representativos de Vallejo. Además, habrá declamaciones y muchas sorpresas para todos los asistentes. Los esperamos.

Coordinación: Fernando Sarmiento el 6145000, anexo 1223, o al 998597990 Mail: fsarmiento@petroperu.com.pe